Entre la felicidad y la frustración sólo hay una barrera: La burocracia.
Después de meses, por enfermedad, volvía a visitar a mi amada biblioteca nacional.
Vivir sin horario, ni fecha en el calendario, desde que me jubilé y me libré del INBAL, genera complejos tiempos, sobre todo cuando debí vivir en cama, semanas.
La recuperación ha sido lenta.
El
proceso de reinserción a la vida cotidiana y normal, ha sido lenta, sin prisa,
pero sin pausa.
Pero,
eso ya pasó.
No
me enteré de que la UNAM estaba de vacaciones.
El
estacionamiento de la Biblioteca, en el Centro Cultural Universitario, estaba
medio lleno, las puertas del edificio abiertas de par en par y tres personas en
la entrada, en recepción, como cotidianamente están.
Me tomé una foto, me sentí feliz pero…
Apenas
crucé la puerta, me dijeron que no había servicio.
Pregunté
por mi amigo investigador Javier Ruiz y, dijeron, todos están de vacaciones.
Resignado,
me retiraba no sin antes de pedir permiso para ingresar al baño, la respuesta,
casi en coro, por el trío: no se puede.
Mi
cara cuestionó: están en reparación, alguno respondió.
Hay diez baños, por lo menos, desde hace más de medio siglo, soy un antiquísimo miembro de la UNAM, como alumno y como profesor; visitante asiduo de la biblioteca, participante en innumerables actos académicos realizadas por el Instituto de Investigaciones Bibliográficas, de quien depende nuestra Biblioteca (por cierto, este año a pesar de estar anunciado para hablar de los 200 años de la caricatura en México, no pude participar, por estar hospitalizado).
Ante la prohibición de pasar al baño, les expresé, con un
dejo de molestia, que era muy poca su solidaridad.
No tenía ganas ni fuerzas para pelear o exigir, como en otro momento hubiera hecho.
Lo
sigo pensando.
Valdría
la pena que las autoridades de la UNAM, sensibilizaran a su personal.
Total,
como decía el entrañable Armando Ramírez: que tanto es tantito.

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