Como siempre, en contra de las tendencias de las masas, que piden un cuerpo delgado, yo quiero engordar.
Perder catorce kilos, ahora lo sé, es muy normal después de una cirugía; con mayor razón, cuando padeces tres cirugías en menos de un mes.
Mi escaso guardarropa es inútil.
Nada me queda.
Mi
saco favorito podría parecer al que usaba Clavillazo.
Nunca he sido delgado, mis formas circulares son de
origen. Tampoco padecí jamás de una obesidad escandalosa, que fuera propicio
para el pitorreo o para el bullyng,
como dicen los preposmodernos.
Pero si, era pasadito un poco de peso (y de lanza).
Aun, hace un año, el cardiólogo recomendó bajar unos cinco
kilos. Pensé en mis largas caminatas en Madrid o en París que provocan, a pesar
de las grandiosas comidas, una baja de peso, invariablemente.
No quisiera ser modelo de Botero, pero me urge
aumentar unos kilitos para no comprar ropa que, después, no me quedará.
Mi alimentación es muy buena, camino a diario pero... no sé cómo recuperar
mi saco preferido, mis guayaberas, mis pantalones de mezclilla; ahora uso puros
pants deportivos, cuando prefiero los pantalones de Portales, mi barrio
querido.
Miro mis fotos de hace medio siglo, cuando creía estar gordito y, oh, no lo estoy.
Claro, en la adolescencia uno cree estar en lo peor.
No tengo muchas fotos de esa época, pero me veo como un chico de peso normal.
Hoy quisiera estar así, pero no sé bien cómo hacer.
Tampoco puedo comer en exceso, ni cualquier cosa, no
explicaré por qué.
En unos meses más, volveré a la báscula.
Bueno, el espejo no miente ni mi saco de cuadritos con
parches en los codos, cual si fuera intelectual del Parnaso (la exllibrería de Coyoacán)
Ahora a comer.

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