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domingo, 5 de julio de 2026

Una leyenda sobre la seguridad industrial



Todas aquellas personas que entraban por la puerta principal, obreros, empleados, proveedores, compradores, de la Compañía Colonial, que en septiembre de 1977 ya pertenecía a la empresa Chicles Adams, podían leer en la pared una leyenda de seguridad industrial con la que había obtenido mi primer premio que, aunque en sentido estricto no era literario, se acercaba al trabajo que un par de años después comenzaría a realizar: escribir.

En 1977 estudiaba la licenciatura en Historia en el Sistema Universidad Abierta (SUA) de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de donde fui el primer egresado que se tituló, incluso, con Mención Honorífica.

En ese año, la empresa convocó a un Premio, entre sus trabajadores, para crear una leyenda con la temática de seguridad industrial.

Además de otorgar un estímulo monetario, que según recuerdo era equivalente a un par de meses de mi salario, se rotularía la pared con la leyenda.

Durante los siguientes años, después se cerró la empresa, mi frase permaneció en esa pared.

Lo paradójico es que el día de la premiación cayó un tremendo aguacero. Se había colocado una lona gigantesca para resguárdesenos de la tempestad mientras se realizaba la ceremonia.

Fue tal la lluvia que la lona se fue llenando hasta que, por la tarde noche, se rompió y cayó sobre la camioneta de servicios de la empresa que estaba estacionada en ese lugar.

Por fortuna no hubo lesionados, pero si hubo una lección que se puede leer en la pared:

Quién tiene confianza, no tiene seguridad.

Quién tiene seguridad, tiene confianza.

 

domingo, 21 de junio de 2026

Tirando a gol (Un cuento futbolero)


 En 1985 publiqué mi primer (y único) libro de cuentos: Por si cambias de opinión. Ahí apareció el cuento Tirando a gol, que en el mundial de 2006, apareció en la primera época de Confabulario, de El Universal. En estos días de fiebre futbolera, lo rescato de nuevo. 


TIRANDO A GOL 
Agustín Sánchez González

“A todos los que quieren y aman el futbol“
 Ángel Fernández

Aunque le parezca extraño, hace años que no veo futbol. No, ya ni siquiera me gusta, es más, me encabrona. Todo empezó ese día en que inauguraron el Estadio Azteca. Me acuerdo que mucha gente circulaba por la Calzada de Tlalpan, en aquel entonces no había Metro y los tranvías hacían un largo recorrido por toda la ciudad. El sueño de mucho tiempo atrás se convertía en realidad, todos mis cuates me envidiaron, claro que yo no les conté a qué iba, pero todos compartían conmigo la emoción, ninguno de nosotros conocía cómo era un estadio y ni idea teníamos. Cuando vi la construcción desde el tranvía, me quedé toditito apendejado.
Yo no iba a ver el futbol, aunque me moría de ganas, más bien iba a vender unas “mosquitas vaciladoras” de juguete que fabricaba mi primo —Chucho Mosca— y que luego vendía en los mercados y en los cines. Parecían de verdad. Las hacíamos con un pedazo de hule espuma y sacábamos buenos centavos. Volaban por medio de un alambrito y costaban un peso. Desde que salimos de la casa, el Chucho se puso a venderlas y con ello pagó el primer camión, de treinta centavos y luego los tranvías de a treinta y cinco fierros.
Pues sí, fue hace 20 años y como ve, ahora ya no puedo correr como en ese entonces cuando imitaba al Chalo Fragoso o me aventaba unos paradones como Ataúlfo Sánchez.
Me gustaba jugar de caza-goles pero también era un buen guardameta que defendía a capa y espada a los cremas del América.  Jugábamos en los camellones del Río Consulado, ahí por donde pasa ahora el Circuito Interior; esto estaba a la salida de mi escuela —la Club de Leones— por el monumento a La Raza; viera qué golazos metía.
En las mañanas, antes de irme a la escuela, iba con mi primo a trabajar en las mosquitas. Ganaba entre ocho y diez pesos a la semana, dependía que no echara la hueva y taloneara bonito. Mi primo nos pagaba a destajo; por pegar el cuadro de hule espuma, coser el cuerpo o amarrar el alambre con el que volaban, diez centavos la pieza; pegar alitas, ojos, o poner las patas con hilo, cinco. Ganábamos más: si nos poníamos a venderlas, pero a mí me daba pena.
El estadio era bien bonito. El día de la inauguración hasta me espanté cuando oí el inmenso grito que hizo retumbar el puente que atraviesa Tlalpan, y es que el América había anotado un gol.
Ese pinche negrito del Arlindo lo metió y eso que los contrarios eran un equipo europeo, creo que el Torino y eran de Italia. Cómo quise estar dentro del estadio, sin embargo, me conformé. Estaba muy contento de que el América les ganara y así fue. Mientras acababa el partido y empezaba a salir la gente nos compramos unas tortas, porque después iba a ser rete difícil que comiéramos algo. No estaban mal las tortitas, lástima que fuera pura finta lo del jamón. Me tomé una Pepsi para bajar el pan y el Chucho pidió una cerveza.  
Me cai que en ese tiempo pensaba que algún día iba a estar adentro de la cancha vistiendo los colores americanistas.
Oímos dos gritos más de gol y nos enteramos del triunfo del América. La gente empezó a salir, nunca había visto tantas personas juntas y afuera un chingo de puestos multicolores que vendían banderines, escudos, llaveros, fotos y muchas otras cosas de los equipos. Había también tortas, tacos sudados —cinco por un peso— y los puestos de birria o tacos de barbacoa. Todo era chingonsísimo y yo estaba tan contento.
“Mosquitas vaciladoras
para bromas y vaciladas
son de a peso”.
Y ahí nos tiene vendiendo mucho, como si las estuviéramos regalando. Toda la semana habíamos chambiado el resto, me acuerdo que, incluso, había faltado un día a la escuela para poder acabar.
El Chucho estaba rete contento, no podía creerlo.
Como a las tres y cuarto de la tarde ya casi toda la gente había salido y ya nada más nos quedaban como veinte mosquitas. El Chucho Mosca fue a tomarse una Victoria para celebrar la venta y yo me comí unos taquitos de barbacoa y otra Pepsi para quitarme la sed tan cabrona que traía.
Me dio veinte varos, de los de entonces. Yo me sentí inmensamente rico. Luego, pensé en comprarme unos zapatos de futbol que había visto en el mercado de Granaditas que costaban 15 pesos y fui a comprar un póster gigante de los azulcremas.
Luego de que el Chucho se tomara cinco o seis cervezas más, nos regresamos.
El tráfico estaba rete cabrón y no había manera de subir a los camiones. Nos tuvimos que ir colgados de un tranvía, yo como que no quería pues se me iba a arrugar el póster, o a la mejor ya traía el aviso de Dios por un presentimiento.
A la altura de Municipio Libre, al acomodar mi póster, me resbalé y esta pierna, la “pata bendita”, fue alcanzada por la rueda del pinche tren.
Durante días enteros, en el hospital, sufrí intensamente pues sabía que ya no jugaría futbol con el América, ni estaría en la cancha del monumental Estadio Azteca.
¿Ahora entiende por qué chingaos no me gusta eI futbol?

sábado, 20 de junio de 2026

Venustiano Carranza visto por el cantante Caruso

Enrico Caruso en México

Agustín Sánchez González

Enrico Caruso ha sido el más grande cantante de ópera. En 1919, mientras se reconstruía nuestro país y previo a una batalla más contra el poder, vino a México y permaneció durante cerca de un mes. El periódico El Universal tuvo la primicia de entrevistarlo y publicó un autorretrato en primera plana, pues Caruso, además de cantante, fue un espléndido caricaturista. En México realizó una espléndida caricatura dedicada a Venustiano Carranza.

 

Enrico Caruso ha sido el más grande cantante de ópera. Ha pasado más de un siglo de su muerte y sigue presente. En 1919, mientras se reconstruía nuestro país y previo a una batalla más contra el poder, vino a México y permaneció durante cerca de un mes. Es curioso, pero un país en crisis lo recibió, con costos muy altos, para poderlo escuchar.

El periódico El Universal tuvo la primicia de entrevistarlo y publicó un autorretrato en primera plana, pues Caruso, además de cantante, fue un espléndido caricaturista. En el libro Caricature di Caruso se señala que tuvo varias ofertas para publicar sus dibujos con “poderosos editores”, pero el tenor no aceptó y los siguió dando a la luz en un pequeño periódico de Nueva York, de la comunidad italiana, llamado La Follia.

En México realizó una espléndida caricatura dedicada a Venustiano Carranza, que fue copiada de manera excepcional por Juan Terrazas, director del Museo de la Caricatura, y que se podrá apreciar, al lado de medio centenar de dibujos sobre don Venustiano, en el Museo Casa de Carranza, en la capital del país, durante estos últimos meses del año.


viernes, 19 de junio de 2026

Las caricaturas olvidadas sobre Carranza

 


EL TÍO CON BARBA

Las caricaturas olvidadas sobre Carranza

Agustín Sánchez González

La historia de la historia de la caricatura tiene en Salvador Pruneda (1895-1986) a uno de sus artífices y precursores. Humorista gráfico, cineasta, guionista y editor, caricaturista político  e historietista, así como historiador de la caricatura y memorioso de su vida. Su trayectoria en el periodismo mexicano es parte de la de su familia, también inmersa en estos ámbitos: su padre, Álvaro Pruneda, y sus hermanos Álvaro y Ernesto, quienes convivieron, en las primeras décadas del siglo XX, con los grandes humoristas gráficos de entonces. Además, su padre y su hermano Álvaro fueron diputados.

Salvador Pruneda luchó en el ejército carrancista, y la caricatura y el periodismo los asumió con disciplina militar. Quizá es el más representativo caricaturista del carrancismo. Su libro La caricatura como arma política es un clásico dentro de los estudios del humor gráfico y allí son contadas las caricaturas dedicadas a Carranza, a pesar de haberse publicado en 1958 y existir una amplia gama de periódicos donde sobraban los cartones dedicados a don Venustiano. 

Pruneda trabajó en el periódico oficial El Nacional desde su origen, en 1929, hasta que falleció. El diario era vocero del Partido Nacional Revolucionario, por lo que sus dibujos y cartones tuvieron un carácter eminentemente institucional. Hasta hace algunos años solo existían el libro de Pruneda y el de Manuel González Ramírez, La caricatura política (1955); por ende, ambos sentaron las bases para los estudios posteriores.

[…]

La caricatura contiene parte de la historia de lo inmediato. Los caricaturistas recrean el mundo a través de una perspectiva crítica que abstraen de la realidad y de la que opinan directamente, a través de las líneas de sus dibujos; desnudan lo visto y, con esta mirada, refieren el tiempo en el que viven. Esta visión resulta de una gran riqueza para entender la historia, pues el caricaturista basa su trabajo en personajes públicos y en situaciones cotidianas, lo cual, por cierto, no está exento de opiniones erróneas, dada la premura con que realizan su labor.

En la exposición “Cuando veas sus barbas cortar… Don Venus en la mirada de sus críticos”, que se presenta este fin de año en el Museo Casa de Carranza, en la Ciudad de México, hemos rescatado varias decenas de caricaturas, gracias a su hemeroteca, así como de mis archivos personales, compilados hace más de un cuarto de siglo.

Pruneda: en carne propia vivió la represión carrancista a los cartones que se plasmaron en revistas como El Motín, Gladiador, Momo y El Gancho. Al contrario de Francisco I. Madero –quien nunca censuró las caricaturas, como las atroces de Multicolor o El Hijo del Ahuizote–, “Carranza no entendía eso de la ‘prensa libre’”, señala; ese tipo de caricatura crítica generó en don Venustiano una visión represora y de control, relata Pruneda en varios capítulos del libro, incluido el episodio en el que fue amenazado de ser pasado por las armas. Otro caso fue el cierre del periódico Gladiador, ya que “al gobierno le resultaban un poco molestas las informaciones políticas y las ideas sostenidas en sus editoriales”. Carranza ordenó su  clausura en 1917 por un piquete de soldados: “Fuimos arrojados a la calle a culatazos y los soldados destruyeron el equipo tipográfico.

Carranza no permitía que la prensa lo tratara como a Madero, con quien los caricaturistas –de una enorme calidad, por cierto– habían sido feroces en sus críticas y de alguna manera lo debilitaron; aunque sí promovió la creación de nuevos periódicos, como El Universal Excélsior, que aún sobreviven y en los que publicaban caricaturas dedicadas al Primer Jefe. Como señala Enrique Krauze en su Puente entre siglos, don Venustiano aprendió de Porfirio Díaz la importancia de la imagen. A diferencia de los demás caudillos revolucionarios, siempre tuvo un porte ejemplar, con vestimenta formal o militar; la luenga barba le daba un carácter patriarcal y su edad lo convertía en un padre-abuelo, pero sobre todo, en el Primer Jefe de la Revolución.

Brillan los autores de Multicolor, que después se sumaron a Arlequín, como Atenedoro Pérez y SotoIslas Allende y Santiago R. de la Vega (director de ambas publicaciones): un potente trío de caricaturistas de una acidez terrible. Destacan otros cartones en El Hijo del Ahuizote, donde hay uno espléndido de José Clemente Orozco, a la par de las críticas punzantes por su aparente sumisión ante la invasión yanqui en Veracruz, en 1914. En La Guacamaya, los autores anónimos muestran un vaivén político que va del apoyo al huertismo y, luego de su caída, al acercamiento a Carranza, hasta terminar en la abyección al Primer Jefe. Aunque los dibujos no llevan firma, el historiador Luciano Ramírez se los adjudica a Eugenio Olvera Medina

Los cartones recuperados de revistas y periódicos como La República, El Demócrata, México Nuevo El Monitor Republicano, los cuales se encuentran resguardados en la Hemeroteca de la Casa Museo de Carranza, que vale la pena seguir explorando, pues ese acervo cuenta con verdaderos tesoros. De allí salieron varios de los cartones que por primera vez se exhiben en esta muestra.

Hay innumerables retratos y fotografías de don Venustiano, y el elemento que siempre destaca son sus barbas: modelo, origen y principio de cualquier trazo que tenga que ver con don Venustiano. 


​Agustín Sánchez González, “Cuando veas sus barbas cortar. Las caricaturas olvidadas sobre Carranza”, Relatos e Historias en México, núm. 182, Diciembre, 2023, pp. 22-25.

martes, 16 de junio de 2026

Dalí... en Plaza Universidad

 Me pregunto cuánta gente se detiene a admirar la exposición que se encuentra en los pasillos de Plaza Universidad: una media docena de grandes obras escultóricas de Salvador Dalí.



Tal vez se deba a que, hasta hace poco, no había ninguna referencia de que eran obras de Dalí. No tiene mucho que colocaron un espectacular donde se indica que es una obra del genio catalán.



Las personas pasan sin detenerse. 

En innumerables ocasiones, como parte de mis caminatas diarias, deambulo por esos pasillos y miro como poca gente se interesa.

No obstante, si he notado el entusiasmo de jóvenes que, a pesar de los vigilantes que miran de manera acosadora, se detienen a comentar la maravilla de tener cerca, muy cerca, a Eugenio Salvador Dalí.

¡Qué bueno que el Museo Soumaya saque a la calle estas maravillas!






















Palabras para Paco (Ibañez)

 

Paco Ibañez

En 1999, con motivo del 60 aniversario del exilio español, Paco Ibáñez vino a México. Tuve la suerte de estar con él toda una mañana, llevarlo a pasear por la ciudad, meternos en una trajinera en Xochimilco y decirle lo que le había escrito y que mi amigo Roura había publicado esa mañana en la esplendida sección cultural de El Financiero.

Eran los años setenta cuando, adoles­cente aún, me hallaba en la trinchera del sindicalismo independiente a través de la lucha dentro de una izquierda acosada y sin muchas vías.

Entonces, buscaba respuestas para la vida.

En aquellos tiempos, una amiga me prestó un disco doble de Paco Ibá­ñez. Se trataba de una grabación en vivo en el Olympia de París. 
Ese disco me cambió la vida; gracias a él, conocí la mejor poesía española: Luis de Góngo­ra, Federico García Lorca, Gabriel Celaya, Rafael Alberti, todos, todos los poetas que me hicieron encontrar una forma de ver el mundo, de encontrarse con el placer.
Lo escuché una y otra vez. Logré gra­barlo; hasta la fecha conservo el caset, y a menudo lo escucho. m(Muchos años después obtuve el CD)
Pero además de oír las canciones, co­mencé a buscar a los autores que canta­ba Paco. Pronto la casa se llenó de los li­bros de poetas como Luis Cernuda, José Agustín Goytisolo, León Felipe, Francisco de Quevedo, Antonio Machado y más y más que me llenaron de gozo el corazón.
Luego Serrat completó el panorama: Antonio Machado, de nuevo, León Feli­pe, Miguel Hernández, Rafael Alberti.
Este vínculo con la poesía me condu­jo, necesariamente, a la literatura. Leí Don Quijote de la Mancha, La vida del Buscón y demás obras clásicas.
El otro nexo fue el cine. Por esos años murió Francisco Franco; yo tenía veinte años, estudiaba historia en la Fa­cultad de Filosofía y Letras, y seguía las cintas de la época del destape.
En esa escuela tomé un curso con el doctor Wenceslao Roces, una institu­ción del marxismo que yo abrazaba por esos días.

Años más tarde me acercaría al Ateneo Español, donde tengo buenos y entrañables amigos; asumí a un grupo de abuelos queridos con los que colaboré muchos años como vocal de prensa y con los que compartí la historia viva de muje­res y hombres que dejaron la vieja España para llegar a la antigua Nueva España, a México, un país que les debe mucho.
Desde el ateneo obtuve una visión completa de lo que ha sido el exilio. Participé como jurado del concurso del testimonio sobre el exilio y conocí a mucha gente que estudiaba este fenó­meno o, mejor aún, que lo habían vivi­do sin rencores y con un gran amor a México, como Leonor Sarmiento, Pepe Puche o Pepe Sacristán.
En 1993 conocí España. Viajaba en un tren nocturno de París a Madrid, al­go me hizo despertar, un haz de luz que se colaba por la cortina del tren.

Estuve despierto hasta que la claridad del día me permitió ver la campiña española. No dormí más. Las imágenes de Bu­ñuel, Saura y demás estaban presentes, latentes. Era como una película que co­nocía; es más, que añoraba.

Caminé Madrid, Sevilla, Córdoba, Granada y Barcelona, recordando siem­pre a Paco Ibáñez, a los poetas que me regaló, a la vida que me mostró. "Nun­ca entré en Granada" y yo estaba ahí con Eleonora; junto al Guadalquivir, de nuevo evoqué a Ibáñez y le recité "Pala­bras para Julia", de Goytisolo. Recordé, también, a los "caínes sempiternos" al ver una placa de agradecimiento a quie­nes acabaron con el comunismo.
Recor­dé a todos aquellos que se llevaron la canción y la trajeron a México.

Hoy Paco está aquí. Hace veinticin­co años que no venía; hace un cuarto de siglo estuvo en Bellas Artes y ahora can­tará en la calle, en el Parque México. 

Hoy tendré la posibilidad de abrazarlo, de regalarle estas líneas y agradecerle el mundo que me mostró. Me enseñó a conocer mucho de los que ahora conozco, a disfrutar y, sobre todo, a vivir la poesía.

martes, 9 de junio de 2026

Cartón del mes. Marzo 2026 (ReHM No. 209)

 El desdén por la crítica ha sido, y es, el sino del pdoer. este cartón muestra a unarrogante Porfirio Díaz menospreciando a la prensa.





Una leyenda sobre la seguridad industrial

Todas aquellas personas que entraban por la puerta principal, obreros, empleados, proveedores, compradores, de la Compañía Colonial, que en ...