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domingo, 12 de julio de 2026

5 Razones porque México no gana la Copa Mundial de Fut

1. Dice Toño Garci: "El Ulama (juego de pelota prehispánico), siempre terminaba con un asesinato, si ganabas te sacrificaban pero era un honor y si perdías también te mataban, pero era una deshonra. Creo que eso pegó fuerte en los mexicanos y por eso siempre fallamos los penales, a la final sabes que lo metas o lo falles te van a “matar”.

2. Nos vendieron la idea de que somos aztecas. Una mentira más del poder. Lo cierto es que al asumirnos como tales, siempre nos va mal. Cuando un jugador llevaba la pelota, su contrincante le decía Haste cabrón, haste cabrón, hasteca...

3, Ni siquiera MORENA fue capaz de crear una liga sólida deportiva, a pesar de la corrución de personajes como René Bejarano quien tenía sus ligas de billetes y no de futbol.

4. Ningún mexicano ha dirigido la FIFA y, por tanto, no ha tenido chance de corromper arbitros. 

5. Cuando el tricolor priismo se transformó en MORENA, cambiaron la camiseta verde y los Ratones dejaron ese color por el espantoso guinda con los demagogicos dibujos prehispánicos y fueron eliminados luego luego. 


Sólo escuchamos a CriCri

 En cada aniversario de la sección cultural de el periódico El Financiero, su editor, Víctor Roura, convocaba a colaboradores a escribir sobre un tema. 

El 8 de agosto de 1997,  el tema fue ¿Qué música escuchas? Mateo, mi hijo recién había nacido un par de años atrás y esto escribí.


Sólo escuchamos a Cri Cri


Desde que nació Mateo, hace dos años y medio, sólo escuchamos a Cri Cri.

Ello tiene su gracia, los cuentos narra-dos por Manuel Bernal son una reflexión de don Gabilondo en torno a la vida y sus cosas.

Los consejos de Periquín -hacer las cosas sin prisa pero sin pausa-, las can- ciones de lucha de clases, como "El jicote aguamielero"; las protestas de la patita; la historia del osito barbudo y barrigón, y tantas otras, rememoran una infancia cada vez más lejana.

Cri Cri, en versiones de Eugenia León y de Flavio, para variar de las originales, suenan y resuenan, obsesivamente, en casa.

Es curioso, sólo Mecano logra acallar las protestas de Mateo cuando no suena Cri Cri.

Quedan para las noches y su silencio Michel Camilo o Cachao, héroes maravillosos del piano y el bajo que complementan el peculiar sonido de don Francisco Gabilondo Soler, el mismo que escuchaba cuando era niño.

viernes, 10 de julio de 2026

¡Quiero engordar!

 


Como siempre, en contra de las tendencias de las masas, que piden un cuerpo delgado, yo quiero engordar.

Perder catorce kilos, ahora lo sé, es muy normal después de una cirugía; con mayor razón, cuando padeces tres cirugías en menos de un mes.

Mi escaso guardarropa es inútil. 

Nada me queda. 

Mi saco favorito podría parecer al que usaba Clavillazo.

Nunca he sido delgado, mis formas circulares son de origen. Tampoco padecí jamás de una obesidad escandalosa, que fuera propicio para el pitorreo o para el bullyng, como dicen los preposmodernos.

Pero si, era pasadito un poco de peso (y de lanza).

Aun, hace un año, el cardiólogo recomendó bajar unos cinco kilos. Pensé en mis largas caminatas en Madrid o en París que provocan, a pesar de las grandiosas comidas, una baja de peso, invariablemente.

No quisiera ser modelo de Botero, pero me urge aumentar unos kilitos para no comprar ropa que, después, no me quedará.

Mi alimentación es muy buena, camino a diario pero... no sé cómo recuperar mi saco preferido, mis guayaberas, mis pantalones de mezclilla; ahora uso puros pants deportivos, cuando prefiero los pantalones de Portales, mi barrio querido.

Miro mis fotos de hace medio siglo, cuando creía estar gordito y, oh, no lo estoy. 

Claro, en la adolescencia uno cree estar en lo peor. No tengo muchas fotos de esa época, pero me veo como un chico de peso normal.

Hoy quisiera estar así, pero no sé bien cómo hacer.

Tampoco puedo comer en exceso, ni cualquier cosa, no explicaré por qué.

En unos meses más, volveré a la báscula.

Bueno, el espejo no miente ni mi saco de cuadritos con parches en los codos, cual si fuera intelectual del Parnaso (la exllibrería de Coyoacán)

Ahora a comer.

Una leyenda sobre la seguridad industrial (segunda parte)

Encontré la revista
Colonial en marcha, de la empresa de dulces y chocolates La Colonial, donde rescata la nota acerca d ela Semana de Seguridad en donde, ya mencioné, obtuve el primer lugar. 
Fue el 8 de septiembre de 1977, hace apenas 49 años.

Por cierto, en esta revista publiqué, también, varios textos. O sea, llevo casi medio siglo jugando con las palabras





martes, 7 de julio de 2026

Cartón del mes: Santiago Hernández No. 117/ mayo 2018

 El 12 de octubre de 1871, Benito Juárez fue declarado presidente, después de las elecciones celebradas ese año, aunque el malestar de la opinión pública con la clase política era tal que La Orquesta, quizá la más importante revista de humor gráfico en nuestra historia, había comentado un año antes: "La candidatura de D. Sebastián Lerdo para presidente de la República nos parece tan mala como la de D. Benito Juárez, o tal vez peor, porque creemos que la mayor parte de lo que pasa, ha pasado y pasará en el curato, se debe y deberá tanto al uno como al otro y por consiguiente La Orquesta, primero daria su voto al Papa, que al cura o al vicario".

Esta espléndida caricatura de Santiago Hernández es un fiel retrato de esa declaración. 

Ambos politicos se miran frente a frente, arriba de la leyenda: "Con cualquiera de los dos, el porvenir de la patria es el mismo".


lunes, 6 de julio de 2026

Patadas por todas partes

El 18 de noviembre de 1992, publiqué este relato; desde cinco o seis años atrás, varios colegas escribíamos, a diario, la columna Cronista de guardia, en la sección cultural de El Universal, cuyo editor era don Paco Taibo

Cronista de guardia

Patadas por todas partes

Por Agustín Sánchez González


El futbol es un deporte esencial para los mexicanos de nuestro tiempo. El concreto y el chapopote, por suerte, todavía no arrasan con todas las canchas deportivas, aunque cada día hay menos en la ciudad.

Campos de futbol, como los que existían en los camellones de la avenida de los Cien Metros, por decir "un solo ejemplo, fueron destruidos y su lugar lo ocupa hoy día el Metro.

Sábados y domingos, uno puede encontrarse, en el Metro, los autobuses y los peseros, a grupos de hombres de todas las edades con sus playeras de colores, que a veces semejan a los grandes equipos 0, simplemente, con playera blanca.

En estos dias lluviosos, se suben a la pesera llenos de lodo pues, como los carteros, los futbolistas llaneros no se detienen ante nada.

El futbol es una forma de vida para miles de chilangos que juegan, van a ver jugar y, los más, desde su casa, frente a la televisión y a un par de ‘‘caguamas”, se enfrentan al “juego del hombre”, como lo bautizó Ángel Fernández hace arios. Los que se sienten Hugo SANCHEZ o Luis García, llevan en sus mochilas una o dos cervezas para la cruda, para celebrar el triunfo, la derrota o el empate, para el caso es lo mismo. No falta el que sufre por la cruda del día anterior pero, cumplidor, asi juegan y así se la juegan.

Y en las patadas, muchos de ellos, encuentran su razón de ser. Allí descargan sus frustraciones y odios. El domingo pasaba por la calzada del Toro, fuera de donde quedan los campos de entrenamiento del América. El trafico rumbo a Tlalpan estaba detenido. No, no era que salían los jugadores profesionales, sino que los llaneros, sudorosos, llenos de lodo y tierra, se liaban a golpes en una riña colectiva.

Las patadas y puñetazos salían por todas partes. Algunos buscaban detenerlos, los niños y las mujeres, esposas e hijos de los futboleros, gritaban asustados; otros corrían, la sangre brotaba; cuando por otro lado brotaba otro.

Más que futbol, parecía una lucha libre de todos contra todos. Los imitadores de Zague, semejaban, más bien, del “Vampiro’’ canadiense. El deporte de las patadas nunca tuvo mejor acepción. ¡Lástima que no vi ningún gol y si varios nocauts!


domingo, 5 de julio de 2026

Una leyenda sobre la seguridad industrial



Todas aquellas personas que entraban por la puerta principal, obreros, empleados, proveedores, compradores, de la Compañía Colonial, que en septiembre de 1977 ya pertenecía a la empresa Chicles Adams, podían leer en la pared una leyenda de seguridad industrial con la que había obtenido mi primer premio que, aunque en sentido estricto no era literario, se acercaba al trabajo que un par de años después comenzaría a realizar: escribir.

En 1977 estudiaba la licenciatura en Historia en el Sistema Universidad Abierta (SUA) de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de donde fui el primer egresado que se tituló, incluso, con Mención Honorífica.

En ese año, la empresa convocó a un Premio, entre sus trabajadores, para crear una leyenda con la temática de seguridad industrial.

Además de otorgar un estímulo monetario, que según recuerdo era equivalente a un par de meses de mi salario, se rotularía la pared con la leyenda.

Durante los siguientes años, después se cerró la empresa, mi frase permaneció en esa pared.

Lo paradójico es que el día de la premiación cayó un tremendo aguacero. Se había colocado una lona gigantesca para resguárdesenos de la tempestad mientras se realizaba la ceremonia.

Fue tal la lluvia que la lona se fue llenando hasta que, por la tarde noche, se rompió y cayó sobre la camioneta de servicios de la empresa que estaba estacionada en ese lugar.

Por fortuna no hubo lesionados, pero si hubo una lección que se puede leer en la pared:

Quién tiene confianza, no tiene seguridad.

Quién tiene seguridad, tiene confianza.

 

domingo, 21 de junio de 2026

Tirando a gol (Un cuento futbolero)


 En 1985 publiqué mi primer (y único) libro de cuentos: Por si cambias de opinión. Ahí apareció el cuento Tirando a gol, que en el mundial de 2006, apareció en la primera época de Confabulario, de El Universal. En estos días de fiebre futbolera, lo rescato de nuevo. 


TIRANDO A GOL 
Agustín Sánchez González

“A todos los que quieren y aman el futbol“
 Ángel Fernández

Aunque le parezca extraño, hace años que no veo futbol. No, ya ni siquiera me gusta, es más, me encabrona. Todo empezó ese día en que inauguraron el Estadio Azteca. Me acuerdo que mucha gente circulaba por la Calzada de Tlalpan, en aquel entonces no había Metro y los tranvías hacían un largo recorrido por toda la ciudad. El sueño de mucho tiempo atrás se convertía en realidad, todos mis cuates me envidiaron, claro que yo no les conté a qué iba, pero todos compartían conmigo la emoción, ninguno de nosotros conocía cómo era un estadio y ni idea teníamos. Cuando vi la construcción desde el tranvía, me quedé toditito apendejado.
Yo no iba a ver el futbol, aunque me moría de ganas, más bien iba a vender unas “mosquitas vaciladoras” de juguete que fabricaba mi primo —Chucho Mosca— y que luego vendía en los mercados y en los cines. Parecían de verdad. Las hacíamos con un pedazo de hule espuma y sacábamos buenos centavos. Volaban por medio de un alambrito y costaban un peso. Desde que salimos de la casa, el Chucho se puso a venderlas y con ello pagó el primer camión, de treinta centavos y luego los tranvías de a treinta y cinco fierros.
Pues sí, fue hace 20 años y como ve, ahora ya no puedo correr como en ese entonces cuando imitaba al Chalo Fragoso o me aventaba unos paradones como Ataúlfo Sánchez.
Me gustaba jugar de caza-goles pero también era un buen guardameta que defendía a capa y espada a los cremas del América.  Jugábamos en los camellones del Río Consulado, ahí por donde pasa ahora el Circuito Interior; esto estaba a la salida de mi escuela —la Club de Leones— por el monumento a La Raza; viera qué golazos metía.
En las mañanas, antes de irme a la escuela, iba con mi primo a trabajar en las mosquitas. Ganaba entre ocho y diez pesos a la semana, dependía que no echara la hueva y taloneara bonito. Mi primo nos pagaba a destajo; por pegar el cuadro de hule espuma, coser el cuerpo o amarrar el alambre con el que volaban, diez centavos la pieza; pegar alitas, ojos, o poner las patas con hilo, cinco. Ganábamos más: si nos poníamos a venderlas, pero a mí me daba pena.
El estadio era bien bonito. El día de la inauguración hasta me espanté cuando oí el inmenso grito que hizo retumbar el puente que atraviesa Tlalpan, y es que el América había anotado un gol.
Ese pinche negrito del Arlindo lo metió y eso que los contrarios eran un equipo europeo, creo que el Torino y eran de Italia. Cómo quise estar dentro del estadio, sin embargo, me conformé. Estaba muy contento de que el América les ganara y así fue. Mientras acababa el partido y empezaba a salir la gente nos compramos unas tortas, porque después iba a ser rete difícil que comiéramos algo. No estaban mal las tortitas, lástima que fuera pura finta lo del jamón. Me tomé una Pepsi para bajar el pan y el Chucho pidió una cerveza.  
Me cai que en ese tiempo pensaba que algún día iba a estar adentro de la cancha vistiendo los colores americanistas.
Oímos dos gritos más de gol y nos enteramos del triunfo del América. La gente empezó a salir, nunca había visto tantas personas juntas y afuera un chingo de puestos multicolores que vendían banderines, escudos, llaveros, fotos y muchas otras cosas de los equipos. Había también tortas, tacos sudados —cinco por un peso— y los puestos de birria o tacos de barbacoa. Todo era chingonsísimo y yo estaba tan contento.
“Mosquitas vaciladoras
para bromas y vaciladas
son de a peso”.
Y ahí nos tiene vendiendo mucho, como si las estuviéramos regalando. Toda la semana habíamos chambiado el resto, me acuerdo que, incluso, había faltado un día a la escuela para poder acabar.
El Chucho estaba rete contento, no podía creerlo.
Como a las tres y cuarto de la tarde ya casi toda la gente había salido y ya nada más nos quedaban como veinte mosquitas. El Chucho Mosca fue a tomarse una Victoria para celebrar la venta y yo me comí unos taquitos de barbacoa y otra Pepsi para quitarme la sed tan cabrona que traía.
Me dio veinte varos, de los de entonces. Yo me sentí inmensamente rico. Luego, pensé en comprarme unos zapatos de futbol que había visto en el mercado de Granaditas que costaban 15 pesos y fui a comprar un póster gigante de los azulcremas.
Luego de que el Chucho se tomara cinco o seis cervezas más, nos regresamos.
El tráfico estaba rete cabrón y no había manera de subir a los camiones. Nos tuvimos que ir colgados de un tranvía, yo como que no quería pues se me iba a arrugar el póster, o a la mejor ya traía el aviso de Dios por un presentimiento.
A la altura de Municipio Libre, al acomodar mi póster, me resbalé y esta pierna, la “pata bendita”, fue alcanzada por la rueda del pinche tren.
Durante días enteros, en el hospital, sufrí intensamente pues sabía que ya no jugaría futbol con el América, ni estaría en la cancha del monumental Estadio Azteca.
¿Ahora entiende por qué chingaos no me gusta eI futbol?

5 Razones porque México no gana la Copa Mundial de Fut

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