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domingo, 5 de julio de 2026

Una leyenda sobre la seguridad industrial



Todas aquellas personas que entraban por la puerta principal, obreros, empleados, proveedores, compradores, de la Compañía Colonial, que en septiembre de 1977 ya pertenecía a la empresa Chicles Adams, podían leer en la pared una leyenda de seguridad industrial con la que había obtenido mi primer premio que, aunque en sentido estricto no era literario, se acercaba al trabajo que un par de años después comenzaría a realizar: escribir.

En 1977 estudiaba la licenciatura en Historia en el Sistema Universidad Abierta (SUA) de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de donde fui el primer egresado que se tituló, incluso, con Mención Honorífica.

En ese año, la empresa convocó a un Premio, entre sus trabajadores, para crear una leyenda con la temática de seguridad industrial.

Además de otorgar un estímulo monetario, que según recuerdo era equivalente a un par de meses de mi salario, se rotularía la pared con la leyenda.

Durante los siguientes años, después se cerró la empresa, mi frase permaneció en esa pared.

Lo paradójico es que el día de la premiación cayó un tremendo aguacero. Se había colocado una lona gigantesca para resguárdesenos de la tempestad mientras se realizaba la ceremonia.

Fue tal la lluvia que la lona se fue llenando hasta que, por la tarde noche, se rompió y cayó sobre la camioneta de servicios de la empresa que estaba estacionada en ese lugar.

Por fortuna no hubo lesionados, pero si hubo una lección que se puede leer en la pared:

Quién tiene confianza, no tiene seguridad.

Quién tiene seguridad, tiene confianza.

 

Una leyenda sobre la seguridad industrial

Todas aquellas personas que entraban por la puerta principal, obreros, empleados, proveedores, compradores, de la Compañía Colonial, que en ...