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lunes, 14 de septiembre de 2026

De cómo la Lady buscaba sapos cuando andaba pacheca. Un cuento

 


Debajo de una mesa, la Lady busca afanosamente. Arrastra su falda hindú como  trapeador. El guiño en el ojo, tan frecuente en esos casos, la exaspera.

No sabe en qué momento se quedó dormida. Despierta en la madrugada; se halla tirada en el suelo, adolorida y con sed. Se levanta con dificultad y va a la cocina por un vaso de agua, que bebe desesperadamente.

El tic vuelve, el hipo también. Entra al baño y se moja mientras mira su rostro amarillento. Besa un sapo de porcelana y vuelve a la cama. Todo le da  vueltas.

Duerme.

La noche anterior fumó dos paquetes de cigarros y no recuerda cuántos de mariguana.

La Lady alguna vez pensó que era princesa. Sus padres le vendieron la idea.

Aquel Sapo le enseñó tantas cosas. El mundo en que vivió en su infancia poco tenía que ver con la realidad. Era como una burbuja. Las hermanas del Colegio le enseñaron a bordar y a soñar en paraísos, castillos y mundos etéreos.

- ¡No me digas que ésta será monja!—, reía su padre cuando la miraba correr, rumbo a la iglesia, a preparar a los chicos que harían su primera comunión.

- Ni lo mande Dios, decía la mamá.

La Lady, entonces, usaba vestidos de una pieza y peinado formal; salía de casa con candidez y llegaba a la iglesia a enseñar el Ave María y el Padre Nuestro a los niños.

Pero un Sapo se atravesó en su vida.

En Coyoacán se enamoró de un hombre que hoy quisiera fuera el mismo sapo de cristal que conserva en su recámara. Era verde, panzón, ojeroso y con papada: se parecía a Diego Rivera y se llamaba..., que importa, ya.

- Mi sapo, sapito, sapón.

De la Conchita a la Plaza Centenario había unas ocho calles que caminaba con la tranquilidad que daba ser hija del presidente de un consorcio extranjero.

A los dieciséis años le compraron un automóvil, un coche nuevecito que fue la envidia de todas sus compañeras. (Fue el auto que encontró la policía.)

La Lady tiene coche.

Mercedes Sosa y Horacio Guaraní. Alfredo Zitarrosa y Atahualpa Yupanki. La Perón le regaló discos de 33 revoluciones por minuto y ella, con la guitarra de Paracho que le compró su padre, y leyendo las revistas de Guitarra Fácil, las interpretaba en fiestas y reuniones.

“Dale tu mano al indio, dásela que te hará bien.” Cantaba todas las tardes, medio desafinada, mientras Dominga, La Minga, recién desempacada de Chiapas, le servía café y Coca Cola al instante en que la Lady le gritaba.

La Perón era hija de unos socialistas argentinos, “peronistas, víste”, que  llegaron exiliados esos años a México, perseguidos por la dictadura militar.

Todo le da vueltas y ya no está Minga, ni papi, ni mami. Se murieron de pura tristeza al descubrir la doble vida que llevaba su hija.

Con uniforme azul marino y cuello blanco, todas las mañanas llegaba radiante, con sus dieciséis años, al Colegio de señoritas, donde tenían prohibido, inclusive, hablarles, fuera de clase, a los maestros varones.

La Perón, Beatriz se llamaba, llegó de rebote una mañana, al salón de clases; vestía jeans y llevaba el pelo suelto, como hippie. La presentó la hermana Sofía y les pidió le ayudaran en todo lo que necesitara.

Se sentó al lado de la Lady y desde un principio simpatizaron.

Durante el verano, ambas se fueron juntas de vacaciones a Acapulco, a disfrutar de la casa que papi usaba de vez en vez, como premio por terminar la prepa.

El sol, la arena y el mar sólo para ellas.

Una mañana desapareció la Perón, sin decir a donde iba. Después, durante varias tardes se perdía.

- Tengo un amante.

Le explicó que andaba escondido, pues pertenecía a un grupo guerrillero comunista. La Lady no pidió explicaciones y prometió guardar el secreto. Al regreso se inscribieron a estudiar literatura latinoamericana, en una universidad jesuita.

Despierta con la boca seca. “Fueron dos carrujitos”, de seguro. Camina desnuda por el amplio departamento. Busca en el refrigerador y sólo encuentra caviar, que apenas prueba debido a lo salado. Toma una cerveza y se tira en el suelo. Necesita sentir la dureza del piso.

Con autorización paterna, alquilaron un departamento juntas. Tres recamaras y espaciosa sala.

Una noche tocaron a la puerta y Beatriz salió a abrir. Era el clandestino y otro hombre que no alcanzó a distinguir desde el ojo de la cerradura, pues no quiso salir a ver quién tocaba.

El hombre se acostó en el cuarto vacío, mientras el clandestino entró a la recámara de la argentina.

Las náuseas la obligaban a seguir en el piso.

Para entonces, Beatriz le había contado acerca de la guerrilla, el comunismo y todo lo demás. La Lady, como siempre, escuchó con atención, permaneciendo indiferente y en silencio.

Una mañana regresó temprano a casa y encontró al compañero del clandestino; llevaba luengas barbas y usaba jeans; dormía profundamente en el sofá de la sala. Lo miró con detenimiento, nunca había estado sola con un hombre.

Despertó sobresaltado, pero sonrió al mirar el rostro de ratón asustado.

¿Sería el sapo de los cuentos de hadas, que con un beso se convertiría en príncipe?

- ¿Qué hora es?, preguntó el hombre-sapo.

- Las doce y veinte, contestó con timidez.

El sapo se levantó, fue al baño y al poco tiempo se escuchó el sonido de la regadera. Fiel a su costumbre, no resistió mirar por el ojo de la cerradura. No vio nada, la cortina lo impedía. Nerviosa marchó a su habitación. Turbada, intentó leer sin éxito.

- ¡Niña!, le gritó el hombre, ¿puedes prestarme una toalla?

Corrió a entregársela, casi resbala, y el desconocido agradeció, cerrándole un ojo.

Volvió a su habitación y se encerró sintiendo en su cuerpo algo raro. Cogió valor y salió a preguntarle algo, cualquier cosa. Nunca recordó el diálogo pero tampoco, jamás, olvidó la piel morena, el pelo mojado y los ojos como dos luceros.

Antes de que se diera cuenta, el hombre la tomó en sus brazos, la besó despacio y como si fuera un sueño, se vio desnuda, al lado de un sapo, pensando, quizá, en el momento en que se convertiría en un príncipe.

Desde su cama observa con la boca seca al sapo de cristal.

El encuentro con el Sapo la enloqueció. Lucio, sí, así se llamaba, comenzó a adoctrinarla acerca de la lucha de clases; le habló del presidente Mao, de la  necesidad de servir al pueblo, de la injusticia social.

La Lady entró en crisis. Se sintió culpable de su pasado y presente burgués, de su vida estéril y decidió acompañar a su hombre en la lucha por un mundo nuevo.

Por primera vez en su vida se sintió sola, lo estaba.

El Sapo desapareció a poco, esa era la consigna. Nadie debía conocer a nadie, por cuestión de seguridad.

Una madrugada salió de su casa, no se despidió de nadie, ni siquiera de la Perón. Dejó su automóvil en la cochera. Tomó el metro en Insurgentes, bajó en Pantitlán e identificó al contacto. Lo siguió al subirse a un chimeco, se bajó tras de él, subió a un carrusel, junto a una iglesia que no reconoció y en  donde tomó un papel que estaba en la trompa del elefante que montaba. Se sentía ridícula, rolando sola. Regresó al metro y otro hombre la condujo a un auto.

Todo le da vueltas.

Llegó a una casa en un sitio que jamás logró identificar. Compartió habitación con una mujer que usaba, permanentemente lentes, narices y bigote de plástico, como aquellos que vendían en la feria de San Ángel, cuando se realizaban las fiestas, en la iglesia Del Carmen.

Quería preguntar algo, saber dónde estaba. Pero la consigna del Sapo había sido siempre: “no preguntes nada, escucha, sólo escucha”.

Debió aprender a lavar ropa y trastos sucios, ceniceros rebosantes de  colillas; tendía camas y vivía en completo aislamiento. La toma del poder estaba presente. Comenzó a leer al presidente Mao, haciendo caso de la presentación de Lin Piao, el “íntimo compañero de armas” del líder chino: “La navegación en los mares depende del timonel, hacer la revolución depende del Presidente Mao”.

“De aquel sombrío misterio de tus ojos”. Lara, Agustín Lara. El mismo que escuchaba su padre en otros tiempos. No sabía de donde venía la música. La añoranza por otros tiempos de gran felicidad, de ser la Lady.

Habían transcurrido semanas, quizá meses y ella no hablaba con nadie. Creía enloquecer. Una mañana salió de ahí. Reunida con una docena de hombres taciturnos, esperaba instrucciones. El Sapo entró a la casa de seguridad, comenzó  a decirles que el momento de entrar en acción se acercaba y había que prepararse. Jamás la miró. A ella le latía el corazón aceleradamente.

El Sapo dijo: “Las condiciones están dadas para iniciar la revolución”. Media hora de escuchar y escuchar, con deseos de hablar, de hablarle, de besarlo y  estrecharlo en sus brazos.

El Sapo concluyó su discurso, diciendo que al día siguiente comenzarían su preparación militar. El hastío se denotaba en los rostros de la gente.

Quiso gritar: lo hizo; quiso hablar, y habló y habló hasta que fue sacada del  salón. La encerraron en un pestilente baño; la desolación aumentó.

Volvió a gritar al mirar una rata que se asomaba por el excusado de concreto. Un guardia-camarada entró al excusado y sin decir nada, le soltó una cachetada, que le seguía doliendo cada que recordaba. Más tarde, sollozando, escuchó la fría voz del Sapo, que le llamaba la atención, la regañó sin permitirle hablar.

Desde entonces quiso escapar, pero no tenía salida. El Sapo la había utilizado. Le pidió la dejara ir, pero él le recordó el juramento de luchar hasta el final, hasta la toma del poder del proletariado. De ahí sólo se salía o muerto o expulsado. Lo segundo no importaba, lo primero sí.

Demacrada y sin fuerzas aprendió a obedecer, a no hablar. Una mañana que se ejercitaban por la ladera de un cerro echó a correr con gran velocidad en  sentido contrario a donde se encontraba el grupo. Corrió mucho tiempo, muchas  horas, hasta llegar a un pueblecito, desde donde habló por teléfono a sus padres.

Se ocultó en un pequeño hotel mientras llegaban por ella. Contó a sus padres que la habían secuestrado, junto a la Perón, y que nada sabía de la argentina.

Tiene sed, mira el sapo de cristal y lanza un gemido.

Sus papás sabían que no era cierto pues la Perón había sido asesinada, semanas atrás, en un asalto bancario. La Lady sostuvo su verdad y se durmió en el regazo de su madre.

Muchas noches despertaba sobresaltada y lloraba muy quedito. Después iba corriendo, como cuando era niña, a la cama de su madre, quien jamás preguntó nada.

Semanas después apenas puede creer lo que mira en un noticiero nocturno: el Sapo había sido encontrado muerto en ciudad universitaria.

Se emborrachó y volvió a fumar mariguana.

La Lady miraba el sapo de cristal que de pronto se convirtió en muchos batracios verdes que rondaban su cama y cantaba a coro la Internacional, el canto de los comunistas.

Una lágrima salió de sus ojos. Se puso el pijama, jaló las cobijas cubriéndose el rostro con una almohada, después se volteó y siguió llorando muy quedito.

La Lady ya está en casa, pero ya nunca está.



* Publicado en: Varios, Textos. Revista del SUNTUAS académicos, Núm. 3, octubre/diciembre de 2000, Culiacán, Sinaloa,  2004, pp. 123-128.

La Crónica dominical, 12 de marzo de 2000, pp 12-13

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