Debajo de una mesa, la Lady busca afanosamente. Arrastra su falda hindú como trapeador. El guiño en el ojo, tan frecuente en esos casos, la exaspera.
No sabe en qué momento se quedó dormida.
Despierta en la madrugada; se halla tirada en el suelo, adolorida y con sed. Se
levanta con dificultad y va a la cocina por un vaso de agua, que bebe
desesperadamente.
El tic vuelve, el hipo también. Entra al
baño y se moja mientras mira su rostro amarillento. Besa un sapo de porcelana y
vuelve a la cama. Todo le da vueltas.
Duerme.
La noche anterior fumó dos paquetes de
cigarros y no recuerda cuántos de mariguana.
La Lady alguna vez pensó que era princesa.
Sus padres le vendieron la idea.
Aquel Sapo le enseñó tantas cosas. El
mundo en que vivió en su infancia poco tenía que ver con la realidad. Era como
una burbuja. Las hermanas del Colegio le enseñaron a bordar y a soñar en
paraísos, castillos y mundos etéreos.
- ¡No me digas que ésta será monja!—, reía
su padre cuando la miraba correr, rumbo a la iglesia, a preparar a los chicos que
harían su primera comunión.
- Ni lo mande Dios, decía la mamá.
La Lady, entonces, usaba vestidos de una
pieza y peinado formal; salía de casa con candidez y llegaba a la iglesia a
enseñar el Ave María y el Padre Nuestro a los niños.
Pero un Sapo se atravesó en su vida.
En Coyoacán se enamoró de un hombre que
hoy quisiera fuera el mismo sapo de cristal que conserva en su recámara. Era
verde, panzón, ojeroso y con papada: se parecía a Diego Rivera y se llamaba...,
que importa, ya.
- Mi sapo, sapito, sapón.
De la Conchita a la Plaza Centenario había
unas ocho calles que caminaba con la tranquilidad que daba ser hija del
presidente de un consorcio extranjero.
A los dieciséis años le compraron un
automóvil, un coche nuevecito que fue la envidia de todas sus compañeras. (Fue
el auto que encontró la policía.)
La Lady tiene coche.
Mercedes Sosa y Horacio Guaraní. Alfredo
Zitarrosa y Atahualpa Yupanki. La Perón le regaló discos de 33 revoluciones por
minuto y ella, con la guitarra de Paracho que le compró su padre, y leyendo las
revistas de Guitarra Fácil, las
interpretaba en fiestas y reuniones.
“Dale tu mano al indio, dásela que te hará
bien.” Cantaba todas las tardes, medio desafinada, mientras Dominga, La Minga,
recién desempacada de Chiapas, le servía café y Coca Cola al instante en que la
Lady le gritaba.
La Perón era hija de unos socialistas
argentinos, “peronistas, víste”, que
llegaron exiliados esos años a México, perseguidos por la dictadura
militar.
Todo le da vueltas y ya no está Minga, ni
papi, ni mami. Se murieron de pura tristeza al descubrir la doble vida que
llevaba su hija.
Con uniforme azul marino y cuello blanco,
todas las mañanas llegaba radiante, con sus dieciséis años, al Colegio de
señoritas, donde tenían prohibido, inclusive, hablarles, fuera de clase, a los
maestros varones.
La Perón, Beatriz se llamaba, llegó de
rebote una mañana, al salón de clases; vestía jeans y llevaba el pelo suelto,
como hippie. La presentó la hermana Sofía y les pidió le ayudaran en todo lo
que necesitara.
Se sentó al lado de la Lady y desde un
principio simpatizaron.
Durante el verano, ambas se fueron juntas
de vacaciones a Acapulco, a disfrutar de la casa que papi usaba de vez en vez,
como premio por terminar la prepa.
El sol, la arena y el mar sólo para ellas.
Una mañana desapareció la Perón, sin decir
a donde iba. Después, durante varias tardes se perdía.
- Tengo un amante.
Le explicó que andaba escondido, pues
pertenecía a un grupo guerrillero comunista. La Lady no pidió explicaciones y
prometió guardar el secreto. Al regreso se inscribieron a estudiar literatura
latinoamericana, en una universidad jesuita.
Despierta con la boca seca. “Fueron dos
carrujitos”, de seguro. Camina desnuda por el amplio departamento. Busca en el
refrigerador y sólo encuentra caviar, que apenas prueba debido a lo salado.
Toma una cerveza y se tira en el suelo. Necesita sentir la dureza del piso.
Con autorización paterna, alquilaron un
departamento juntas. Tres recamaras y espaciosa sala.
Una noche tocaron a la puerta y Beatriz
salió a abrir. Era el clandestino y otro hombre que no alcanzó a distinguir
desde el ojo de la cerradura, pues no quiso salir a ver quién tocaba.
El hombre se acostó en el cuarto vacío,
mientras el clandestino entró a la recámara de la argentina.
Las náuseas la obligaban a seguir en el
piso.
Para entonces, Beatriz le había contado
acerca de la guerrilla, el comunismo y todo lo demás. La Lady, como siempre, escuchó
con atención, permaneciendo indiferente y en silencio.
Una mañana regresó temprano a casa y
encontró al compañero del clandestino; llevaba luengas barbas y usaba jeans;
dormía profundamente en el sofá de la sala. Lo miró con detenimiento, nunca
había estado sola con un hombre.
Despertó sobresaltado, pero sonrió al
mirar el rostro de ratón asustado.
¿Sería el sapo de los cuentos de hadas,
que con un beso se convertiría en príncipe?
- ¿Qué hora es?, preguntó el hombre-sapo.
- Las doce y veinte, contestó con timidez.
El sapo se levantó, fue al baño y al poco
tiempo se escuchó el sonido de la regadera. Fiel a su costumbre, no resistió
mirar por el ojo de la cerradura. No vio nada, la cortina lo impedía. Nerviosa
marchó a su habitación. Turbada, intentó leer sin éxito.
- ¡Niña!, le gritó el hombre, ¿puedes
prestarme una toalla?
Corrió a entregársela, casi resbala, y el
desconocido agradeció, cerrándole un ojo.
Volvió a su habitación y se encerró
sintiendo en su cuerpo algo raro. Cogió valor y salió a preguntarle algo,
cualquier cosa. Nunca recordó el diálogo pero tampoco, jamás, olvidó la piel
morena, el pelo mojado y los ojos como dos luceros.
Antes de que se diera cuenta, el hombre la
tomó en sus brazos, la besó despacio y como si fuera un sueño, se vio desnuda,
al lado de un sapo, pensando, quizá, en el momento en que se convertiría en un
príncipe.
Desde su cama observa con la boca seca al
sapo de cristal.
El encuentro con el Sapo la enloqueció.
Lucio, sí, así se llamaba, comenzó a adoctrinarla acerca de la lucha de clases;
le habló del presidente Mao, de la
necesidad de servir al pueblo, de la injusticia social.
La Lady entró en crisis. Se sintió
culpable de su pasado y presente burgués, de su vida estéril y decidió
acompañar a su hombre en la lucha por un mundo nuevo.
Por primera vez en su vida se sintió sola,
lo estaba.
El Sapo desapareció a poco, esa era la
consigna. Nadie debía conocer a nadie, por cuestión de seguridad.
Una madrugada salió de su casa, no se
despidió de nadie, ni siquiera de la Perón. Dejó su automóvil en la cochera.
Tomó el metro en Insurgentes, bajó en Pantitlán e identificó al contacto. Lo
siguió al subirse a un chimeco, se bajó tras de él, subió a un carrusel, junto
a una iglesia que no reconoció y en
donde tomó un papel que estaba en la trompa del elefante que montaba. Se
sentía ridícula, rolando sola. Regresó al metro y otro hombre la condujo a un
auto.
Todo le da vueltas.
Llegó a una casa en un sitio que jamás
logró identificar. Compartió habitación con una mujer que usaba, permanentemente
lentes, narices y bigote de plástico, como aquellos que vendían en la feria de
San Ángel, cuando se realizaban las fiestas, en la iglesia Del Carmen.
Quería preguntar algo, saber dónde estaba.
Pero la consigna del Sapo había sido siempre: “no preguntes nada, escucha, sólo
escucha”.
Debió aprender a lavar ropa y trastos
sucios, ceniceros rebosantes de
colillas; tendía camas y vivía en completo aislamiento. La toma del
poder estaba presente. Comenzó a leer al presidente Mao, haciendo caso de la presentación
de Lin Piao, el “íntimo compañero de armas” del líder chino: “La navegación en
los mares depende del timonel, hacer la revolución depende del Presidente Mao”.
“De aquel sombrío misterio de tus ojos”.
Lara, Agustín Lara. El mismo que escuchaba su padre en otros tiempos. No sabía
de donde venía la música. La añoranza por otros tiempos de gran felicidad, de
ser la Lady.
Habían transcurrido semanas, quizá meses y
ella no hablaba con nadie. Creía enloquecer. Una mañana salió de ahí. Reunida
con una docena de hombres taciturnos, esperaba instrucciones. El Sapo entró a
la casa de seguridad, comenzó a decirles
que el momento de entrar en acción se acercaba y había que prepararse. Jamás la
miró. A ella le latía el corazón aceleradamente.
El Sapo dijo: “Las condiciones están dadas
para iniciar la revolución”. Media hora de escuchar y escuchar, con deseos de
hablar, de hablarle, de besarlo y
estrecharlo en sus brazos.
El Sapo concluyó su discurso, diciendo que
al día siguiente comenzarían su preparación militar. El hastío se denotaba en
los rostros de la gente.
Quiso gritar: lo hizo; quiso hablar, y
habló y habló hasta que fue sacada del
salón. La encerraron en un pestilente baño; la desolación aumentó.
Volvió a gritar al mirar una rata que se
asomaba por el excusado de concreto. Un guardia-camarada entró al excusado y
sin decir nada, le soltó una cachetada, que le seguía doliendo cada que
recordaba. Más tarde, sollozando, escuchó la fría voz del Sapo, que le llamaba
la atención, la regañó sin permitirle hablar.
Desde entonces quiso escapar, pero no
tenía salida. El Sapo la había utilizado. Le pidió la dejara ir, pero él le
recordó el juramento de luchar hasta el final, hasta la toma del poder del
proletariado. De ahí sólo se salía o muerto o expulsado. Lo segundo no
importaba, lo primero sí.
Demacrada y sin fuerzas aprendió a
obedecer, a no hablar. Una mañana que se ejercitaban por la ladera de un cerro
echó a correr con gran velocidad en
sentido contrario a donde se encontraba el grupo. Corrió mucho tiempo,
muchas horas, hasta llegar a un
pueblecito, desde donde habló por teléfono a sus padres.
Se ocultó en un pequeño hotel mientras
llegaban por ella. Contó a sus padres que la habían secuestrado, junto a la
Perón, y que nada sabía de la argentina.
Tiene sed, mira el sapo de cristal y lanza
un gemido.
Sus papás sabían que no era cierto pues la
Perón había sido asesinada, semanas atrás, en un asalto bancario. La Lady
sostuvo su verdad y se durmió en el regazo de su madre.
Muchas noches despertaba sobresaltada y
lloraba muy quedito. Después iba corriendo, como cuando era niña, a la cama de
su madre, quien jamás preguntó nada.
Semanas después apenas puede creer lo que
mira en un noticiero nocturno: el Sapo había sido encontrado muerto en ciudad
universitaria.
Se emborrachó y volvió a fumar mariguana.
La Lady miraba el sapo de cristal que de
pronto se convirtió en muchos batracios verdes que rondaban su cama y cantaba a
coro la Internacional, el canto de los comunistas.
Una lágrima salió de sus ojos. Se puso el
pijama, jaló las cobijas cubriéndose el rostro con una almohada, después se
volteó y siguió llorando muy quedito.
La Lady ya está en casa, pero ya nunca
está.
* Publicado en: Varios, Textos. Revista del SUNTUAS académicos, Núm. 3, octubre/diciembre
de 2000, Culiacán, Sinaloa, 2004, pp. 123-128.
La Crónica dominical, 12 de marzo de 2000, pp 12-13

No hay comentarios:
Publicar un comentario