Paco Ibañez
En 1999, con motivo del 60 aniversario del exilio español, Paco Ibáñez vino a México. Tuve la suerte de estar con él toda una mañana, llevarlo a pasear por la ciudad, meternos en una trajinera en Xochimilco y decirle lo que le había escrito y que mi amigo Roura había publicado esa mañana en la esplendida sección cultural de El Financiero.
Eran los años setenta cuando, adolescente aún, me hallaba en la trinchera del sindicalismo independiente a través de la lucha dentro de una izquierda acosada y sin muchas vías.
Entonces, buscaba respuestas para la vida.
En aquellos tiempos, una amiga me prestó un disco doble de Paco Ibáñez. Se trataba de una grabación en vivo en el Olympia de París.
Ese disco me cambió la vida; gracias a él, conocí la mejor poesía española: Luis de Góngora, Federico García Lorca, Gabriel Celaya, Rafael Alberti, todos, todos los poetas que me hicieron encontrar una forma de ver el mundo, de encontrarse con el placer.
Lo escuché una y otra vez. Logré grabarlo; hasta la fecha conservo el caset, y a menudo lo escucho. m(Muchos años después obtuve el CD)
Pero además de oír las canciones, comencé a buscar a los autores que cantaba Paco. Pronto la casa se llenó de los libros de poetas como Luis Cernuda, José Agustín Goytisolo, León Felipe, Francisco de Quevedo, Antonio Machado y más y más que me llenaron de gozo el corazón.
Luego Serrat completó el panorama: Antonio Machado, de nuevo, León Felipe, Miguel Hernández, Rafael Alberti.
Este vínculo con la poesía me condujo, necesariamente, a la literatura. Leí Don Quijote de la Mancha, La vida del Buscón y demás obras clásicas.
El otro nexo fue el cine. Por esos años murió Francisco Franco; yo tenía veinte años, estudiaba historia en la Facultad de Filosofía y Letras, y seguía las cintas de la época del destape.
En esa escuela tomé un curso con el doctor Wenceslao Roces, una institución del marxismo que yo abrazaba por esos días.
Años más tarde me acercaría al Ateneo Español, donde tengo buenos y entrañables amigos; asumí a un grupo de abuelos queridos con los que colaboré muchos años como vocal de prensa y con los que compartí la historia viva de mujeres y hombres que dejaron la vieja España para llegar a la antigua Nueva España, a México, un país que les debe mucho.
Desde el ateneo obtuve una visión completa de lo que ha sido el exilio. Participé como jurado del concurso del testimonio sobre el exilio y conocí a mucha gente que estudiaba este fenómeno o, mejor aún, que lo habían vivido sin rencores y con un gran amor a México, como Leonor Sarmiento, Pepe Puche o Pepe Sacristán.
En 1993 conocí España. Viajaba en un tren nocturno de París a Madrid, algo me hizo despertar, un haz de luz que se colaba por la cortina del tren.
Estuve despierto hasta que la claridad del día me permitió ver la campiña española. No dormí más. Las imágenes de Buñuel, Saura y demás estaban presentes, latentes. Era como una película que conocía; es más, que añoraba.
Estuve despierto hasta que la claridad del día me permitió ver la campiña española. No dormí más. Las imágenes de Buñuel, Saura y demás estaban presentes, latentes. Era como una película que conocía; es más, que añoraba.
Caminé Madrid, Sevilla, Córdoba, Granada y Barcelona, recordando siempre a Paco Ibáñez, a los poetas que me regaló, a la vida que me mostró. "Nunca entré en Granada" y yo estaba ahí con Eleonora; junto al Guadalquivir, de nuevo evoqué a Ibáñez y le recité "Palabras para Julia", de Goytisolo. Recordé, también, a los "caínes sempiternos" al ver una placa de agradecimiento a quienes acabaron con el comunismo.
Recordé a todos aquellos que se llevaron la canción y la trajeron a México.
Recordé a todos aquellos que se llevaron la canción y la trajeron a México.
Hoy Paco está aquí. Hace veinticinco años que no venía; hace un cuarto de siglo estuvo en Bellas Artes y ahora cantará en la calle, en el Parque México.
Hoy tendré la posibilidad de abrazarlo, de regalarle estas líneas y agradecerle el mundo que me mostró. Me enseñó a conocer mucho de los que ahora conozco, a disfrutar y, sobre todo, a vivir la poesía.
Hoy tendré la posibilidad de abrazarlo, de regalarle estas líneas y agradecerle el mundo que me mostró. Me enseñó a conocer mucho de los que ahora conozco, a disfrutar y, sobre todo, a vivir la poesía.

No hay comentarios:
Publicar un comentario