sábado, 12 de agosto de 2017

El libro de oro del tango

Mi madre nunca asistió a la escuela. Nunca supe cómo aprendió a leer, pero desde niña se convirtió en una lectora empedernida de historietas.

Mi casa estaba llena de ellas. Recuerdo mirarla leer ensimismada, especialmente,la revista Confidencias.


Tampoco sé cómo, en casa, además de las hojitas de oraciones a santos y vírgenes, había un grueso tomo: El libro de oro del tango, una compilación que, hasta donde recuerdo, permaneció muchos años a la vista de todos, y todos, creo, le echamos un ojo al libro que estaba cada vez más destartalado, cada vez más deshojado.
Contenía decenas de letras de canciones cuyas tonada solía tararear mi madre.

Me viene el recuerdo pues hace unos días fui a comer una torta de chipirones y otra de bacalao en La barraca valenciana, en Coyoacán. Fuera del restaurante tocaban tangos un trío de cuerdas, tres jóvenes que con gran calidad interpretaba, en ese momento, Caminito.
La amorosa memoria, la nostalgia por ella, la añoranza cotidiana.
El tango me tocó como un arco acaricia las cuerdas del violín.
Extrañamente, quizá no tanto, me recordó el último momento de su presencia física cuando mi hermano mayor le cantó a capela, y ahí sí, literalmente, el tango Sombras.
Tal vez, entonces, la añoranza se descubrió: en unos días Juan Carlos cumplirá setenta años, siete décadas en que mi madre fue madre por vez primera.
El tango, pues, siempre está ligado a su recuerdo, a su memoria. ¡Cómo si lo necesitara! Sin duda, el recuerdo de mi madre siempre estará presente en mí, pero el tango la evoca más.

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