miércoles, 4 de mayo de 2011

Crónicas de lecturas interrumpidas

publicado por Camilo Ayala Ochoa el abril 5, 2011 a las 3:00a

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Nuestros miedos nos acompañan siempre y se aprovechan de cualquier descuido. A veces surge en la noche una sombra más oscura o el silencio que nos cobija es tan absoluto que escuchamos nuestra sangre fluir. Es entonces cuando lo inenarrable nos recuerda que existe.




El tiempo se distiende cuando la pasas bien con los amigos y tomas tres tarros de cerveza oscura después del trabajo; pero se hace de noche y tengo que correr para alcanzar el metrobús. Quizá sea la lluvia pertinaz, la hora tardía o los dos factores pero el transporte viene casi vacío.




Saco un libro para pasar el viaje. Se trata de Terribilísimas historias de crímenes y horrores en la Ciudad de México en el siglo XIX del historiador Agustín Sánchez González, publicado en 2006. Es una obra de lectura rápida integrada por sucesos violentos ocurridos desde 1822 plasmados con la atmósfera en las que fueron dados a conocer por la prensa de sus días. Hay asesinatos, suicidios, ultrajes y comportamientos bárbaros.




Varios personajes infames desfilan por las páginas del libro. La mayor part e de las historias son tristes como la del marido que es condenado a muerte y mata a su esposa durante una visita en la prisión, para no dejarla tan joven a sus posibles rivales; la de un niño que vendió su padre y tiene que trabajar día y noche a latigazos; la del jefe del Estado Mayor de Santa Anna que aprovechaba la información privilegiada para comandar a una banda de asaltantes de diligencias.




Un nombre destaca. Se trata de Francisco Guerrero El Chalequero, que gustaba de degollar a sus víctimas por los rumbos de Peralvillo y abandonar los cadáveres en Río Consulado. No se sabe si le decían de ese modo porque vestía con chalecos de agujetas, pantalones estrechos y fajas de colores o porque ultrajaba a las prostitutas, las tomaba a la fuerza, es decir, como todavía dicen en los barrios mexicanos: “a chaleco”.




El Chalequero fue denunciado por sus vecinos y condenado a muerte en 1888, el mismo año en el que Jack el Destripador traía en jaque a Scotland Yark en Londres, pena que se le conmutó por la prisión en San Juan de Ulúa. Hombre feroz donde los haya, salió para seguir matando. En 1908 se le volvió a arrestar por prácticamente decapitar a una anciana y nuevamente su sentencia fue la horca. Sin embargo, el asesino no murió por las manos del verdugo, falleció de tuberculosis.




Agustín Sánchez González no menciona que un alias de El Chalequero fue Antonio Prida y que alrededor de veinte mujeres fueron abiertas por su navaja. Hay también un dato equivocado en cuanto a que dice que el criminal murió en su celda de la cárcel de Belén, siendo en verdad que falleció en el Hospital Juárez.




De pronto, me siento observado. Sólo vamos el conductor y seis pasajeros. Soy el penúltimo del autobús porque, a unos cuantos metros, un hombre va dormido en la última fila. Miro la calle por las ventanas de enfrente, pero encuentro en el vidrio impregnado de vaho y que en su parte externa escurre lluvia, la silueta de un rostro que me observa. Es una cara de odio de ojos desorbitados y dientes que se aprietan. Viaja junto con nosotros y no es posible que sea un reflejo.




Giro al frente santiguándome. La persona más cercana es un joven que trata de calmar su frío jugando en el celular. Todo es normal. Regreso a la ventana y el mismo rostro voltea a verme y grita algo. Me paro. Quiero advertir a los demás; pero algo me hace dar de nuevo un vistazo. No está.




Ya no pude leer. Unas pocas estaciones después, salí a la noche y me fui caminando volteando continuamente por encima del hombro.


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