Medio siglo: Museo del Chopo
Se cumplen 50 años de un espacio cultural que ha innovado. Ejemplo de ello, fue la icónica Semana Cultural Gay
Su estructura nació en Alemania, en tierras lejanas, en épocas antiguas. Se instaló en una colonia que nacía al mundo y le daba gloria a la ciudad: Santa María la Ribera. Un barrio que sería depositario de grandes y maravillosas edificaciones como el kiosco morisco (trasladado de la Alameda Central a la Alameda de Santa María), la Casa de los mascarones (que albergó la Escuela de Filosofía y Letras y después la Nacional de Música) o el Museo de Geología. Un cuarteto de edificaciones culturales contemporáneas en una colonia que bautizó a sus calles con nombres de flores y árboles.
Después, en el siglo XX cambiaría su denominación de flores por nombres de escritores: Jaime Torre Bodet, Mariano Azuela y Sor Juana Inés de la Cruz. El Chopo cedió el suyo por Enrique González Martínez, el autor del célebre Tuércele el cuello al cisne, pero los habitantes antiguos como mi madre, cuando vivíamos en la Rosa (hoy Eligio Ancona), siguieron llamándole calle del Chopo.
Esas fueron las raíces del Museo del Chopo. Un edificio que los mayores recordaban por el dinosaurio que se mostraba o los huesos de un mamut, pero sobre todo por el piojo y la pulga con, dicen, vestimenta.
El edificio inaugurado en 1910, hace 115 años, fue raro siempre. Hay quien pasa y se persigna, cual si fuera iglesia; otros se asoman, mientras ponen gasolina a su auto.
Este 21 de agosto comenzaron sus fiestas del medio centenario. Como siempre hubo ceremonia con discursos y una lamentable burocracia que cerraba el paso a quienes no portábamos invitaciones. (Recordé un relativamente reciente mensaje de una exalumna, ahora representante de rockeros, que me agradecía que la dejara pasar gratis a los conciertos de los jueves de rock).
Al escuchar los discursos aplaudí el nombramiento de salas con el nombre de tres personajes importantes en la vida del Museo: Elena Urrutia, que aunque su paso por el Chopo fue fugaz, fue la primera directora; José María Covarrubias que, a fuerza de presionar, logró generar la primera semana del Orgullo gay; y Jorge Pantoja, cuya labor no fue solamente idear y crear el tianguis del Chopo, sino gestar una inventiva múltiple con un talento para difundir y multiplicar la cultura popular en esa zona de la ciudad y que trascendió más allá del propio museo.
Lo que me pareció lamentable fue el querer convertir en un fantasma a una de las promotoras del propio museo: la escritora Ángeles Mastretta, quien fue la cómplice de Pantoja en esa locura del Chopo.
Sin negar la importancia que tiene para la dramaturgia, me parece absurdo que exista un espacio dedicado a Juan José Gurrola, quien nada tiene que ver con el museo, y no exista alguno con el nombre de la autora de Arráncame la vida.
Los grandes edificios se crean a partir de los cimientos.
La Mastretta, Belkin y Pantoja, como ejecutor, sentaron las bases, los cimientos de ese gran monstruo que es el Museo Universitario del Chopo, un monstruo de la cultura chilanga y, por ende, universal.
Originario de Santa María la Ribera, luego vecino en la San Rafael, he visto nacer y crecer el Chopo; también como partícipe y ganador de sendos premios literarios en los años ochenta y posteriormente como trabajador del mismo: Pantoja y Belkin me invitaron a participar y, ante la ausencia de plazas, éramos media docena, solicitaron que el CCH, de donde era profesor, me comisionara a ese maravillo espacio, hoy convertido en un gran bosque, como se denominó, muy bien, en la muestra que se inauguró este día.
Volví al Chopo y mi espíritu marginal quedó decepcionado ante la limpidez del espacio: amplio, cómodo, iluminado, en lugar del piso de cemento gris, apenas aplanado, pero que brillaba ante los cientos y miles de jóvenes que llegaban precisos y macizos a las tocadas de rock, de salsa, de jazz; a las grandes exposiciones que realizó Belkin con autores como el fantástico griego Sperakis, los talleres de danzón, de danza (que daba Cecilia Lugo), los cursos de verano para niños (“Suelte a sus fieras”), la promoción de las editoriales marginales, creando la librería Marginalia en un sitio donde otra directora, posteriormente, puso una máquina de refrescos de cola (por mi raza hablará el sprite) o los programas de radio, en vivo, como Kiosco, de Radio Educación, y luego, Domingo en el Chopo, que producía Elvira García para radio UNAM, entre cientos de eventos más.
Medio siglo que transcurrió en un abrir y cerrar de ojos.
Un edificio frente al que mucha gente, aún se persigna al pasar. Medio siglo en que el país se transformó para seguir siendo el mismo, pero no la UNAM. Soy orgulloso universitario y miro alegre como sigue cambiando, a pesar de los pesares, promoviendo la cultura y gestando un mejor mundo, formando en el pensamiento universal con hombres y mujeres y con lugares como el Chopo, “el museo más bonito de la ciudad de México”, como lo definía Arnold Belkin.
2 comentarios:
¡Excelente! Vale la pena leer esta crónica del cincuentenario del Museo del Chopo
Muchas gracias, saludos
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