miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cueva de Altamira en Madrid

Soy un hombre afortunado.
Muchos de mis sueños como historiador han sido conocer los grandes espacios históricos donde ha florecido (y marchitado, también) la humanidad. 
Hace muchos años, 24 para ser exactos, por estas fechas me preparaba para un largo viaje, un curso vivo de arte, que me hizo pasar la Navidad de 1980 en el Cairo y el año nuevo en el Barrio de la Plaka, en Atenas, no sin antes pasar por Roma, Florencia y Venecia en un largo, larguísimo viaje que a estas alturas parece un sueño lejano pero que me marcó, sin duda, para el resto de mi vida.
Obvio es decir que mis encuentros innumerables con Teotihuacan, Palaneque, Chichen Itzá, Oaxaca y un largo etcétera de México ha estado presente en mi vida.
Me faltaba, me falta, aunque no mucho, visitar Santillana del Mar, encontrarme frente a frente con las Cuevas de Altamira, ese prodigio de obra que quiso la suerte, la vida, que se encontrara y que los contemporáneos pudiéramos mirar el espejo de unas seres humanos, hombre, mujeres o niños, qué más da, que dibujaron esta obra maestra del arte universal sin siquiera proponerselo.
Y en este mismo sentido fue el descubrimiento de una niña de 8 años, María Faustina Sanz Rivarola que demostró, una vez más, que los niños son capaces de imaginar todo y que los adultos vamos perdiendo la imaginación y el gusto por el descubrimiento.
Platicaba de mis sueño, de estar en la Cueva de Altamira, con mi querido amigo Manolo Álvarez Junco y me contó que en Madrid, en el Museo Arqueológico Nacional de España existe una reproducción de la Cueva.
Ahí fui, dos veces, una nunca basta. 
En septiembre de este año me introduje en la cueva, estuve mucho tiempo, emocionado, mirando el espejo que reproduce el techo donde se pintaron esas imágenes. En noviembre volví.
No sé si es la capilla sixtina de la prehistoria, si sé que es una de las grandes proezas de los seres humanos.
El arte no lo es en tanto no se le da esa intencionalidad.
Esos dibujos, esos trazos hubieran quedado perdidos por ahí, como seguramente existen otros más que nunca verán ojos humanos, pero tuvimos la suerte de que alguien los encontrara y de que hoy sea posible mirarlas.
Esto dice el sitio de la Cueva:
A la cueva de Altamira le corresponde el privilegio de ser el primer lugar en el mundo en el que se identificó la existencia del Arte Rupestre del Paleolítico superior. Su singularidad y calidad, su magnífica conservación y la frescura de sus pigmentos, hicieron que su reconocimiento se postergara un cuarto de siglo. Fue una anomalía científica en su época, un descubrimiento realizado en la cumbre y no en su grado elemental, un fenómeno de difícil comprensión para uno sociedad, la del siglo XIX, sacudida por postulados científicos extremos y rígidos.
Bisontes, caballos, ciervos, manos y misteriosos signos fueron pintados o grabados durante los milenios en los que la cueva de Altamira estuvo habitada, entre hace 35.000 y 13.000 años antes del presente. Estas representaciones se extienden por toda la cueva, a lo largo de más de 270 metros, aunque sean las famosas pinturas policromas las más conocidas. Su conservación en las mejores condiciones constituye un reto científico y de gestión del Patrimonio y es el objetivo prioritario y la razón de ser del Museo de Altamira.
Debido a la necesidad de conservar la obra, soy de la idea de que debe cerrarse y crearse reproducciones como la que se encuentra en Madrid aunque, es una lástima, el Museo Arqueológico Nacional le haga tan poca difusión y que está por ahí perdida en la entrada sin ninguna señalización.
Cuando vayan a Madrid, no dejen de verla, es una gran experiencia.

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