martes, 3 de julio de 2018

La Bejarano, mujer verdugo

No se crean que hablaré de la abuelita de René,el liguero de MORENA, sino de una mujer que vivió en el siglo XIX y que rescaté en mi libro Un dulce sabor a muerte. Una de sus fuentes los espectaculares grabados de José Guadalupe Posada. Esta es la historia:


La Bejarano: una mujer verdugo
(1892)



Con una crueldad atroz, una horrible mujer de nom­bre Guadalupe Martínez de Bejarano ha sido condenada a diez años y ocho meses de prisión por torturar y dar muerte a la niña Crescencia Pineda.
La temible Bejarano, como fue bautizada por el pueblo, tenía ya un antecedente, pues en 1887 había sido castigada, también, por torturar y dar muerte a otra niña de nombre Casimira Juárez.
La criminal mujer martirizaba a la niña Guadalupe con terribles quemaduras en los brazos y las piernas. Generalmente, le gustaba quemarles los pies o sentarlas en la hornilla del bracero cuando éste ya se encontraba a regular temperatura.
No sin razón, una hoja volante que circulaba en esos días, impresa por Antonio Vanegas Arroyo e ilustrada por José Guadalupe Posada, señalaba:

¡Atormentar a una niña
Teniendo tan corta edad!
Esto es inicuo infamante,
Incapaz de descifrar.

Una gente de esta especie
Es aún peor que los salvajes,
Peor que las fieras sin alma
Que se alimentan con sangre…

Otras formas de tormento consistían en colgarlas de una reata que pendía del techo, las despojaba de sus ropas y comenzaba a darles de golpes con una cuarta de las usadas para los caballos.
En varios números de la Gaceta Callejera, José Guadalupe Posada ilustró diversas escenas del martirio; en un primer ejemplar, la horrorosa mujer se halla arrodillada junto a la niña, tirada al piso, sobre su estómago, atada de pies y manos, mientras la verdugo le quema la piel con unos fósforos. En otro, aparece el bracero con carbón, las tenazas y las extremidades de la niña, atadas. La asesina huye.
Durante el juicio, el jurado careó a la mujer con su hijo, de nombre Aurelio Bejarano Martínez.
—Bien se dijo que esta acusación que sobre mí has lanzado —exclama la criminal mujer— hará que concluya mis días en prisión, pero nada diré respecto de su falsedad, te perdono. Los hombres me condenarán, pero Dios, que ve en el fondo de los corazones, tendrá en cuenta el sacrificio que hago de mi libertad para que tú te salves. Que Él no te tome en cuenta la calumnia que arrojas sobre tu madre.
Aurelio, pálido y abatido, no contestó ni una sola palabra a los reproches de la desventurada. A las reiteradas preguntas del defensor para que negara algunos de los cargos de la Bejarano contestaba con el más profundo silencio.
—¡Quién sabe —continuó aquélla— si tú fueses el que golpeó a Crescencia y ahora mirando el cargo que puede resultarte me achacas a mí tus obras!
¡Qué terrible debe ser para esa infeliz verse acusada por su propio hijo!
La Bejarano, cuando ingresó al departamento de mujeres de la cárcel de Belén, estuvo a punto de ser asesinada por sus compañeras, que enteradas de los tormentos que hacía a las niñas, querían hacerse justicia por su propia cuenta.
Durante su estancia en el penal, vivió aislada y temerosa ante las amenazas de las mujeres que buscaban vengar a las víctimas de esta horrible mujer.
En la Gaceta Callejera se publicó el siguiente corrido:

Con una crueldad atroz 
la terrible Bejarano
ha cometido la infamia
el crimen más inhumano.
Iracunda martiriza
aquellas carnes tan tiernas
con terribles quemaduras
 en los brazos y en las piernas.
Y á pesar de su maldad
es digna de compasión,
de lo que debe sufrir
encerrada en su prisión.
Y allá entra la negra sombra 
de su oscuro calabozo,
de la víctima inocente 
verá el espectro espantoso.
A la inocente Crescencia 
martiriza de tal suerte
que esta víctima inocente 
halló una temprana muerte.
Años hace que otro crimen / 
igual á éste cometió
y por el cual la justicia /
 a prisión la sentenció.
Cuántas veces en la noche
verá su sueño turbado
por el recuerdo terrible de
aquel crimen tan nefando.
Y escuchará los gemidos
de aquel pecho acongojado
y aquel llanto lastimero
por el tormento arrancado.
La infame mujer verdugo
encuentra un grande placer,
en causar a esta criatura
un horrible padecer.
Y lo que más horroriza
al pueblo que lo ha palpado
es que de su propio hijo
su cómplice haya formado.
El cruel remordimiento
 debe traer a su memoria,
de aquellas tristes escenas
 / toda la pasada historia.
Y esta aterradora imagen /
 que vivirá en su delirio,
será su justa expiación,
 / será su eterno martirio.

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