sábado, 15 de julio de 2017

El cine es como 4 copas


El Financiero fue un diario que contó, durante muchos años, con una excelente página cultural, dirigida por Víctor Roura.
Esa sección se volvió fundamental para encontrar una mirada crítica en la vida cultural de este país pues Roura abrió sus puertas a todo el mundo, sin distingo de sectas ni de amistades.
Cada año, al cumplir un aniversario, Roura invitaba a escribir sobre determinado tema. En 1995 Mi película, fue el tema. Entonces escribí esta nota, el 4 de agosto de ese año.



El 4 de copas

El cine es como un gran templo a donde llegan los profanos a encontrarse con la soledad, mientras se miran las imágenes de un mundo cercano y, a su vez, tan lejanas. Un día, cuando era niño, lo descubrí.
Esa tarde, tendría unos diez años, decidí no entrar a Todo ocurrió como un milagro; jugaba futbol en los camellones de Rio Consulado. Era el portero. Alguien chuto muy fuerte y la pelota fue a dar hasta las puertas del Cine Hidalgo, lo que hoy es el Cinema La Raza. Corrí tras la pelota que llegó justo a donde estaba la cartelera del día y mire los anuncios de la película del día.
Regresé a jugar y la imagen del enorme galerón logró que metieran los contrarios dos goles más y decidiera dejar de jugar, pues estaba demasiado distraído. Sin que nadie se percatara, me fui alejando hasta perderme en las calles de la colonia Santa María Insurgentes, una zona fabril en donde años más tarde participaría en las luchas sindicales de los años setenta.
Caminé un buen rato hasta que abrieron las puertas del cine. Pagué un peso con cincuenta centavos y entré al Patriota, como llamábamos al Cine Hidalgo, y mi Cinema Paradiso particular. La película que vi fue El 4 de copas, con Antonio Aguilar.
Se trataba de una historia de un niño huérfano que un día encuentra una carta de la baraja con, obvio, el 4 de copas, que a lo largo de su vida, machín y parrandera, lo llevaria a triunfar o algo así.
Tony Aguilar, por supuesto, cantaba el corrido que empezaba "Por ser el 4 de copas..."; en fin, una típica película churro-wéstern, totalmente prescindible.
La cinta fue lo de menos. Descubrir el cine por cuenta propia, en la enorme soledad comunitaria, me cambió la vida. Quería faltar todos los días a la escuela para ver las películas de Tarzan, Humprey Bogart o Pedro Infante.
El cine, esa magia maravillosa, me había atrapado para siempre. Los fines de semana guardaba mi domingo y me lanzaba a ver tres cintas de rumberas, charros cantores o clásicos del cine mexicano en el Cine Hidalgo, el Virginia Fábregas (hoy Foro Cultural de Azcapotzalco) o el desaparecido Cine Azteca, en Cuitlahuac y Vallejo. Tres piojoramas de los años sesenta.

Pero El 4 de Copas jamás la olvidé. Hace un tiempo la pasaron por televisión y me pareció una película francamente mala y que, sin embargo, me había marcado ya, para siempre.

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