miércoles, 3 de mayo de 2017

Mi abuelo Librado


Mi  abuelo nunca se quejó de nada.


Tenía un tendejón que su hijo le abrió en la puerta de su casa y ahí vendía refrescos y cervezas que los parroquianos llegaban a tomarse en una banquita de concreto al lado mientras pasaba el tren de carga por la Vía Cochinera.

Desde ese changarrito, miraba pasar la gente. Tenía un don para calificar, criticar y poner apodos (mi maledicencia se lo heredé, sin duda)
Yo era su lazarillo. Dos o tres veces al año viajábamos a San Felipe Torres Mochas, su tierra natal; era una maravilla llegar al rancho de los parientes y comer tunas, manzanas, elotes asados con leña, chilacas, papas miniaturas que crecían al borde las milpas; las carnitas, el pollo como nunca lo he vuelto a saborear; tomar una deliciosa agua del río, helada, única.
Visitábamos al Señor de la Piedad y al Señor de la Misericordia en un poblado cercano llamado La Palma, (donde nació mi madre).
Mi abuelo nunca se quejó de nada, ni de la pobreza ni de la riqueza. Su sonrisa era un sol. Él determinó mi vida al darme alientos para ser alguien que sobresaliera “Será presidente”, decía a todos y presumía mis calificaciones.
Mi abuelo Librado que fue enrolado voluntariamente a fuerzas en el ejercito villista que fue derrotado en León por el General Obregón y del que se escabulló a la primera oportunidad, contaba muerto de risa.
Hoy los recuerdos se acentuaron, aunque todos los días tengo presente su sonrisa y mala leche, su cariño y sus cuidados, pues es el día de la Santa Cruz y, religiosamente, cada año, mandaba hacerle un ropaje morado a una cruz por estos días.
Lamento tanto no tener una foto a su lado.

Religiosamente le ayudaba a ponerle esas mangas a la cruz y después, un vaso con flores del campo, flores sencillas, como su vida, su sonrisa.
Mi nombre se lo debo a mi abuela, el amor de su vida que falleció apenas unas semanas antes de que yo naciera y tal vez por eso fui su nieto favorito.


Lo extraño mucho a pesar de que murió hace casi medio siglo, pero sigo pensando en él, a diario, y más en estos días que eran importantes para el gordo Librado.

(Bueno, también me acordé pues mi primer libro publicado, del que hablé hace unos días, fue dedicado a él)

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