sábado, 8 de abril de 2017

Crimen en Jueves Santo





Hace 17 años, en el año 2000, publiqué este texto en Milenio Diario, que apenas tenía cuatro meses de haber nacido. 


Después lo recogí en el libro Terribilísimas historias de crímenes y horrores en la ciudad de México en el siglo XIX que, por cierto, corregido y aumentado volverá a las librerías en el segundo semestre de este año.



Crimen en Jueves Santo
Mataron al Casado sin novia

Agustín Sánchez González

Era la noche del Jueves Santo de 1850, cuando fue asesinado, de 31 puñaladas  un viejo diputado, mientras realizaba sus oraciones en el Hotel La Gran Sociedad
   Su nombre: Juan de Dios Cañedo, de profesión abogado y nacido en la ciudad de Guadalajara,  el 18 de enero de 1786. Era un hombre prototipo de los políticos de la época: diputado en las Cortes Españolas, en 1813; más tarde, en 1824, fue partidario de Iturbide; después, exaltado republicano federalista, ocupando el puesto de ministro de Relaciones en el gobierno de Guadalupe Victoria; en el de Anastasio Bustamante ocupó el ministerio de Gobernación; fue representante de México en varios países.
  Desde su juventud, se distinguió por su elocuencia y agresividad en la tribuna; había escrito varios libros: en 1808 publicó su Compendio de Historia de Roma; cinco años más tarde, la traducción del Compendio histórico de derecho romano desde Rómulo hasta nuestros días, entre otras obras.
  Cañedo era famoso por haber recibido un poder de parte de Antonio López de Santa-Anna para contraer matrimonio, en su nombre, con la señorita Dolores Tosta, por lo que comenzaron a llamarle El Casado sin Novia, y Guillermo Prieto le apodó El Amante Prestado, título de una comedia que por entonces se presentaba en el Teatro Nacional.
  Vivía solo en un cuarto del Hotel de La Gran Sociedad, ubicado en la esquina de las calles del Espíritu Santo y el Refugio, considerado como el primer alojamiento que llevó el nombre de hotel. En la parte baja, funcionaban un café y un concurrido restaurante, en los altos estaban las habitaciones para los huéspedes.
    La noche que habría de morir, soplaban fuertes vientos huracanados y un gran frío, lo que provocó que decidiera no acudir a las ceremonias religiosas de Jueves Santo; desde su balcón  estuvo observando la fervorosa participación de la ciudad entera en la ceremonia religiosa de ese día.

     Las calles de la capital se encontraban vacías y en silencio; las puertas de los comercios permanecían cerradas, debido a la fecha. En las iglesias, en cambio, la gente se reunía fervorosamente y abarrotaba Catedral, La Profesa o San Francisco.
      Esa noche, José María Avilés penetró en la habitación del diputado, quien se hallaba sentado en un sofá, siendo sorprendido por el criminal, a quien lanzó una escupidera,  al tiempo que se levantaba de su asiento. Avilés le ordenó callar, pero Cañedo, por el contrario, lanzó gritos de auxilio, por lo que recibió una bofetada; el golpe no lo intimidó, por lo que el intruso sacó de sus ropas un puñal. Recibió 31 puñaladas.
     Ante el derrumbe del viejo, tomó el reloj que el legislador llevaba en la bolsa, una capa, un paletó, una corbata y algunas camisas y salió presuroso, mezclándose entre la concurrencia que realizaba la visita de las Siete Casas.
      La alfombra quedó empapada de sangre y las paredes se encontraban llenas de mil salpicaduras. A las diez y cuarto de la noche, regresó el sirviente José Guadalupe Coria; al entrar a la sala y mirar el cadáver cubierto de sangre, lanzó un grito aterrador y salió corriendo en busca de los guardias que pronto llegaron, en compañía del propio alcalde del cuartel, dada la personalidad e importancia política de la víctima.
      La gente que salía de las iglesias empezó a congregarse en los alrededores del hotel, tras enterarse del horrible suceso, mientras el cuerpo del diputado era trasladado al Hospital de San Hipólito, donde se practicó la autopsia.
      Lasespeculaciones en torno al atentado, no se hicieron esperar. El Siglo XIX señaló: "No puede caber duda que su intención fue quitarle completamente la vida, pues no contentándose con las primeras puñaladas, a pesar de que éstas hubieran bastado al efecto, le continuó dando otras nuevas, aún ya caído en el suelo... Esto a su vez parece indicar que ese malvado, aunque de corazón duro y cruelísimo, no es asesino de profesión... Hay grandes probabilidades de que el crimen fue cometido para robar, o bien alhajas y otros efectos de valor, o bien papeles interesantes, o bien todo a la vez".
  El Monitor Republicano dijo estar "persuadido de que el asesino del señor Cañedo no fue ni ha podido ser obra de ningún partido. El bárbaro homicida no era ningún asesino propiamente dicho; es decir, no fue un ejecutor pagado, sino el mismo interesado en el crimen el que lo perpetró... el mismo que tenía interés en su muerte".
      Transcurridos tres meses para que los culpables fueran arrestados gracias a una información sobre la llegada del cólera a una pequeña población del estado de México, donde se localizó a un individuo que portaba una de las camisas robadas y que admitió ser el autor de la muerte del viejo político.
  El asesino confesó que se hallaba desempleado y días antes de cometer el delito se encontró en la calle con otro individuo de su misma profesión: Clemente Villalpando a quien contó la idea de asaltar una casa de empeño; éste le dijo que Cañedo había introducido tres talegas de pesos en su cuarto, de las que podrían apoderarse con facilidad; esto mismo le comunicaron a Rafael Negrete, mozo del mismo hotel, quien planeó el asalto de una manera sencilla: amarrar al diputado jalisciense, sacar la plata y huir con rapidez; a cada uno le corresponderían mil pesos, con lo que saldrían de pobres para siempre.
      Al enterarse del escándalo provocado, los truhanes huyeron a Temascaltepec, pero su actitud sospechosa, hizo que el comandante de la localidad los aprehendiera y en el acto confesaron su atroz hazaña: Avilés señaló que el reloj de bolsillo, lo empeñó en una velería; la capa y el paletó, en sendas casas de empeñó; la corbata la dejó en una casa y se llevó las camisas y el fistol. Por todo ello ganó la ridícula cifra de seis pesos.
    Fue condenado "a la pena del último suplicio, que se ejecutará en la forma ordinaria, levantándose el patíbulo debajo del balcón del aposento número 38 de la hospedería de la Gran Sociedad en la que habitaba el señor Cañedo"; a sus socios los condenaron a diez años de presidio en Veracruz, "con la calidad de presenciar la ejecución" de su cómplice.
        El 8 de marzo se cumplió la sentencia: el condenado fue vestido con bata blanca, sentado en un sillón de alto respaldo provisto de un corbatín de hierro para colocarlo en la garganta del ajusticiado y apretarlo con un torno. La horca se armó en la calle del Espíritu Santo, hacia donde caía la habitación de Cañedo; una multitud acudió a presenciar el castigo; echaron ña soga a la garganta del malhechor y  lo izaron.
      Un gran silencio se apoderó del lugar, nadie osaba moverse. Uno de los cómplices,  no soportó más y cayó desmayado.
         Ahí permaneció el asesino, colgado, como muestra del castigo mínimo que deben pagar los criminales.






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