jueves, 1 de octubre de 2015

Retrato de mujer en los cincuenta

Este texto lo publiqué hace casi dos décadas en la sección cultural de El Universal, que dirigía Paco Taibo I



¿A dónde irán las imágenes que se perdieron en el tiempo? Pienso en las miles quizá millones, de foto­grafías que tomaban los hombres que retrataban a los caminantes de San Juan de Letrán hace todavía unos veinte años y que sólo se enteraba de ello por el flas­hazo nocturno o por las tarjetas con un número que identificaba la foto.
     Tengo frente a mí una de ellas, color sepia. La his­toria oculta de ese momento nunca la he preguntado. Escrita con tinta azul, está fechada el 20 de noviem­bre de 1952 y a pesar de su borrón, se deja ver una nota: (ocho años después).
     Una mujer de pelo chino, acaso de permanente, ca­mina con garbo por la Alameda Central. Quizá viene de observar el desfile deportivo, a lo mejor se enca­mina a una cita amorosa. El grueso tronco de un árbol asoma por una de las orillas del retrato, y las ramas de otro son el fondo.
     Un policía parece seguirla, va vestido elegante­mente, lleva corbata y una enorme placa en la cachu­cha; el azul observa la cámara, mientras la mujer mira hacia otro lado o parece observar cualquier otra cosa, ignorando al anónimo fotógrafo. La mujer lleva el suéter sobre los hombros y su mano izquierda, la única que se observa, está cerrada, como aguardando un futuro que en ese momento se ignora.
Peinado con raya de lado izquierdo, evoca las imágenes de Lilia Prado.
El vestido es ceñido al cuerpo y tiene un cinturón de donde pende, a un costado, una especie de moño apenas visible. Los zapatos llevan unos cintillos alrededor del tobillo y no se alcanza a distinguir si son de punta o chatos, si no tienen tacón alto o corto.

El policía sigue atrás, sin lograr darle alcance, mien­tras dos hombres se encuentran sentados en una banca, separados uno de otro, distinguiéndose con la vestimenta de cada cual. Uno lleva traje oscuro y za­patos sin bolear, parece viejo, aunque el rostro no se distingue, mientras el otro es un trabajador del fin del sexenio alemanista, cuando se prometía un país me­jor.
Frente a la mujer camina un hombre bajito, con go­rra española, saco largo y cuya espalda quedó plasmada en el retrato, en la fotografía que ahora miro, que tiene la fecha del 20 de noviembre de 1952, en el retrato de una mujer de la que tres años más tarde yo habría de nacer.


El policía sigue atrás, inmóvil, quieto, mientras la mujer camina con garbo, con orgullo y en su rostro se mira la alegría de quien sabe que su retrato será co­mentado más de sesenta años después.

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