martes, 1 de septiembre de 2015

Narro y los dibujos del exilio


NARRO, UNA PIEZA DEL ROMPECABEZAS
DE LA HISTORIA DE LA CARICATURA
AGUSTÍN SÁNCHEZ GONZÁLEZ


El maestro Narro,
Eduardo del Río Rius,
Panorama,
México, 2010.

Cuando estuvo de moda el marxismo, se decía con frecuencia que sabíamos más de la prehistoria que de las luchas obreras, lo cual era una gran verdad; parafraseando aquello, hoy podemos decir que conocemos más de la frivolidad televisiva o de cualquier efímera estrellita, que de los caricaturistas de todo el mundo.
Es una pena cómo los “festejos” bicentenarios y centenarios desperdiciaron la oportunidad de hacer un análisis serio de nuestra historia, a través del humor; por un lado, en el ámbito oficial se omitió ese tema, y por el otro “contestataria”, se cayó en el lugar común de buenos y malos, con textos humorísticos plagados de epítetos y descalificaciones.
Desde hace muchos años se vienen investigando diversos trabajos sobre la caricatura y los caricaturistas. Sin embargo, no deja de sorprender situaciones como el caso del más grande autor mexicano del siglo XX, Gabriel Vargas, un fenómeno único en el mundo que trabajó, profesionalmente de los dieciséis a los noventa y cuatro años, y del que sólo hay una tesis en la UNAM, por ejemplo.
A pesar de los avances en torno a la investigación del humor gráfico, con una bibliografía que  se ha ido extendiendo poco a poco, aún existen no lagunas, sino océanos de información.
Tal vez en ello estriba la importancia del libro El maestro Narro, que recientemente dio a conocer Eduardo del Río, mejor conocido como Rius, y publicado por Editorial Panorama, donde el michoacano rescata la historia personal de José Narro Celorrio, un catalán que llegó a México como parte del importante grupo de exiliados de la Guerra civil española. (Aunque no llegó con el grupo original, sino fue de los que llegaron posteriormente, en 1952).
A estas alturas resulta increíble que José Narro Celorrio nunca sea mencionado entre los documentos y en los estudios dedicados al exilio; no es raro este desdén, pues autores como Tisner (Avel.lí Artis Gener) o Pere Calders, un par de geniales escritores y  humoristas gráficos  catalanes exiliados en México, nunca son mencionados (paradoja: tampoco Rius los alude en este libro ni a muchos otros humoristas gráficos exiliados como López Rey, Antoniorrobles, Ras y una media docena más).
Basta revisar algunos títulos como El exilio español en México (Fondo de Cultura Económica, 1982) o inclusive sitios de internet sobre el exilio o, más aún, de los exiliados catalanes, para darse cuenta de esas omisiones.
Por ello, reitero, el rescate que hace Rius de este autor tiene un gran valor dentro del rompecabezas para reconstruir la historia del exilio catalán en México.
Una explicación acerca de por qué el olvido estriba, de alguna manera, en que el maestro Narro pasó buena parte de su vida en Guadalajara, la capital de Jalisco, y cabe recordar que vivimos en un país centralizado, donde se registra únicamente lo que sucede en el DeFectuoso.
Pero la explicación de la omisión no sólo se debe al lugar de su residencia,  también se debe a que la profesión de ilustrador y, sobre todo, la de caricaturista han sido frecuentemente menospreciadas.
Cabe decir que el nombre de Narro ya había sido mencionado y configurado en una de las listas utilizadas por la Fundación de la Universidad de Alcalá de Henares (FGUA), para ubicar a los humoristas gráficos exiliados en América Latina y que me llegaron como parte de un apoyo en esa investigación.
Aunque encontré algunos libros ilustrados por Narro (uno muy curioso que ilustra, es la autobiografía de Antonio Rius Facius, un cristero que escribe sus memoria enUn joven sin historia), nunca localicé caricaturas entre esos trabajos y por ello Narro no fue incluido en la antología que se publicó en la revista Quevedos, publicada por la FGUA, en el número 30, aparecido en 2006.
De cualquier forma, aunque Rius recibió algunas caricaturas de parte del historiador José María Muria,  que fueron publicados en el Butlletí d’informació dels paisos catalans, una revista que circulaba clandestinamente en Cataluña, podemos decir que Narro es un estupendo ilustrador que incursionó incidentalmente en la caricatura.
Lo mejor de El maestro Narro es, sin duda, la cantidad de imágenes que acertadamente Rius incluyó pues la mejor forma de conocer la obra de un artista es a través de ellas, pues ni la mejor descripción se iguala a la mirada del dibujo.
Buena parte de su producción la realizó con una técnica llamada scratch board, que consiste en “una cartulina recubierta de una pintura blanca especial que al ser rascada con una navajita o punzón, hasta que aparezca el negro que hay debajo de la capa de blanco”. Así, el dibujo parece un grabado.
La virtud de José Narro, además de la calidad estética, es ese retrato de nuestra vida cotidiana y sus trabajos de ilustración en muchos libros de historia mexicana.
Narro llegó a publicar decenas de libros de los que Rius da una lista incompleta tanto de los publicados en España, como de los impresos en México; en las bibliotecas mexicanas se encuentran muchos de ellos, como Las cartas a las golondrinas, de Ramón Gómez de la Serna (Barcelona, Juventud, 1949) o en México, como Pels camins d’utopia, de J. Soler Vidal (Méxic, Club de Llibre Catala, 1958), por poner sólo un par de ejemplos.
Destacan las innumerables ilustraciones para la editorial Panorama, que van desde 1980 hasta 2007.
José Narro murió en Guadalajara, en 1994. Para su fortuna, después de tantos años de olvido, Rius ha rescatado sus trabajos y hoy conocemos de su existencia, sobre todo con un autor tan leído.
Libros como El maestro Narro son una muestra de lo mucho que falta por rescatar tanto de la caricatura, como de la ilustración o del exilio español.


Qué bueno que no se detengan estas investigaciones y que cada vez haya más personas interesadas en recuperar esos trabajos, que son parte de nuestra historia, de nuestra vida.

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