martes, 22 de septiembre de 2015

Metro Balderas

Metro Balderas. Homenaje a Rockdrigo

FA-Rockdrigo
Por Agustín Sánchez González
Unos cuantos días después del terremoto, cuando la angustia y el compromiso de llevar agua y víveres a los damnificados había aminorado, un amigo me contó una historia que le sucedió el 19 de septiembre, el día del terremoto, mientras se encontraba en La Habana, y la junté con otra historia para escribir un cuento dedicado a Rockdrigo González.
Para Rockdrigo González
Para los muertos…
En ese tiempo casi nadie lo pelaba ni aún era como el Pedro Infante en que se ha convertido ahora en que todo el mundo era su amigo, aunque mientras vivía –casi en la miseria, tocando y cantando en los camiones que circulaban por Insurgentes, entre Reforma y la Glorieta, o en el Wendys que estaba bajo el Cine Insurgentes- como suele suceder, ni quien lo fumaba.
El edificio, como tal, ya no existía. Llegó de la capital cubana a las 17.45. Cinco horas después, se arrepintió de haber regresado. Estaba en una librería, en la Rampa. Radio Reloj interrumpió sus transmisiones para informar que la Ciudad de México había desaparecido. Dejó el libro que estaba revisando y empezó a correr rumbo al hotel Vedado. Como cuando hacía casitas de arena y luego las desbarataba a pedradas, tal fue la impresión que le causó el edificio Serapio Rendón.
En el hotel volvió a escuchar: “Un terremoto azotó a México, la capital Azteca no existe más. Desde el edificio de Prensa Latina, podemos ver que la única construcción que sigue en pié, es la nuestra”. En el aeropuerto consiguió una moneda para hablar por teléfono pero no fue necesaria: ese día el servicio era grautito.
Desde El Vedado intentó, sin éxito, comunicarse a México. Parado en la Alameda, trató de reconstruir Avenida Juárez, por donde diez años atrás solía gritar: “Ese hotel será hospital”. Varios compatriotas lloraban en el bar del hotel. “Bajo la metralla”, le costó trabajo recordar la última película que vio en el Regis.
Junto a los Copelia, se había instalado un vehículo sanitario para que los cubanos donaran sangre. Una semana después, todavía se recogían cadáveres y escombros. Ni la Embajada tenía contacto con el país. Estaba deprimido y sin poder llorar; dos botellas de ron Havana no lo emborracharon, pensaba en su ciudad, en su familia, y sobre todo, en ella; había viajado a Cuba para olvidarla, pero ahí la recordaba más.
FA-Rockdrigo2
El sábado se enteró de que sólo era el Centro de la Ciudad. Supo de Serapio Rendón, y lloró; Caridad, a quien había conocido en el Tropicana, no lo pudo controlar y terminó por llorar a su lado. Caminó al Sorrento pero no había vino de la casa, ni estaba ella y sus reconciliaciones. Sintió su casa inmensamente sola y vacía. La grabadora: “cuando tenga la suerte de encontrarme a la muerte”. El pinche del Rockdrigo que un mes antes le había deseado feliz navidad, por si no se volvían a ver, tantas noches de ron y de rock, haciendo planes que nunca realizaron juntos, pues pensaron que la vida era larga.
Había invitado a Caridad a conocer México, “deveras, el centro de la Ciudad se parece a la Habana vieja”. Lloró, los Portales ya no existían, se acabaron los pescados luego de cada marcha, tampoco estaba ella para recriminarle su filiación comunista. El Ehden, donde juntos comían garbanza, alambre de carnero y pan de natas, el viejo edificio de Serapio Rendón, lleno de largas jornadas de amor y desamor, Tepito, la Roma, la Merced, Avenida Juárez. ¿Qué quedaba?
Tenía ganas de regresar a México pero también tenía miedo. En el malecón violó la moral comunista al hacer el amor con Caridad, jamás pensó que sería la última vez, el último momento placentero de sus treinta años. Tomó el metro en Bellas Artes, en cuanto el tren salió a la superficie, encontró un panorama desolador y deprimente, San Antonio Abad, estaba en ruinas.
Se bajó en Nativitas y regresó a comprobar lo visto.
Estuvo a punto de quedarse en Cuba, pues le habían ofrecido una beca y regresó para proponérselo a su mujer y rehacer su amor, sin saber que ella lo había excluido de su vida. No pudo transbordar en Pino Suárez y fue hasta Hidalgo. Tomó la dirección Universidad. En Balderas se lanzó a las vías pensando encontrar a su amor y al pinche del Rockdrigo…

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