martes, 16 de junio de 2015

Los ojos de Mateo







En 2002, el CNCA convocó al Premio Historias de Lecturas. Participé con un texto llamado Los ojos de Mateo.
En una superrestringida edición aparecieron los trabajos ganadores (tuve mención)
Ante ello, decidí pedir a Milenio lo publicara pero el editor decidió absurdamente cabecearlo como Rincones terapeutico de lectura que, como leerán, fue una cabeza medio mala o mala y media. Este fue el texto.









Los ojos de Mateo

Algunas veces nos da por cantarle a sus ojos. Mientras escribo, los miro, en cinco o seis retratos alrededor de mí; sus ojos están llenos de luz.
            Ahora Mateo tiene siete años y toda aquella angustia que
tuve el día que me enteré que tenía síndrome de Down se ha terminado, transformándose en una gran esperanza de darle todas las posibilidades para que sea un hombre autosuficiente.
            Mateo estaba allí, con su sonrisa, con sus ojos bellos. Algo teníamos hacer y los libros nos dieron muchas respuestas; comenzamos a leer, a informarnos qué podríamos hacer. No cabe duda que la ignorancia social hacia todo lo diferente es terrible. Me imaginaba a mi hijo como un ser inútil, incapaz de nada.
            Durante la espera, casi siete meses, todos los días Mateo escuchaba, dentro de la panza de Nora, su mamá, la historia de Don Quijote de la Mancha, en una versión del castellano antiguo. 
Por aquel tiempo, mi trabajo me obligaba a salir de la ciudad con frecuencia así que solía grabarle, con mi voz, capítulos enteros para que Nora pusiera los audífonos en su panza y Mateo, sin escapatoria, escuchara.
            Apenas tenía seis meses cuando comenzamos a enseñarle a leer a través de un método de un doctor norteamericano llamado Gleen Doman, que descubrimos a través de un libro llamado Cómo enseñar a leer a su bebé.
            Nora recortó decenas de tiras de cartulina de cinco por quince centímetros donde escribió cientos de palabras, de un lado, y la ilustración del otro; cuatro veces al día le mostrábamos las tarjetas durante quince minutos.
            Era impactante la manera en que ponía atención, lo mismo cuando le platicaba de la historia de la ciudad, del cine, del teatro, de la literatura.
            Cuando tenía tres años ingresó a una escuela Montessori y lo primero que destacó su maestra fue el gran amor que tiene por los libros. Es un niño feliz que acude con gusto a la escuela. Una mañana, dormía profundamente, muy quedito me acerqué y le dije al oído que se levantara para irnos a su escuela; despertó en el momento, medio dormido, feliz para irse al colegio.
            Las lecturas diarias se han convertido en un placer cotidiano, tanto para él, como para Magaly, su hermana menor. Mateo las disfruta tanto, que muchas veces son su mejor diversión. Antes de dormir, no hay día en que no leamos, cuando menos, un libro.
            Hace unos meses, al mirar a otro niño con Síndrome de Down, de la edad de Mateo, con una gran capacidad física, brincando como chango, su mamá se asombró y comentó que nuestro hijo no tenía esa fuerza física. “Claro que no, señora, nos dijo la secretaria que escuchaba, Mateo es más intelectual”.
  
Practicando el manejo del zoom
          Según las estadísticas, no todos los niños con Síndrome de Down aprenden a leer, sin  embargo, siempre recuerdo una frase de la doctora que nos asesoró: "Mateo tiene un gen de más, pero también tiene la herencia genética de sus padres y ustedes dos son muy inteligentes".
            El trabajo con Mateo ha sido intenso, tiene terapia física y terapia de lenguaje, aunque aún hoy, a los siete años, no es capaz de articular muchas palabras, puede comunicarse con cualquier persona con gran claridad y, mejor aún, puede seguir la lectura de un libro con una enorme facilidad e, inclusive, sabe de memoria algunos de ellos.
            Ahora está encantado con un libro de Alejandro Aura que se llama Del otro lado, del que puede repetir palabra por palabra, mientras actúa la lectura.
            Mateo es feliz entre libros, le gusta escuchar las largas historias que le cuento; en un tiempo que di clases en la universidad, “aprobaba o desaprobaba” los temas que impartiría. Sonreía mientras yo le echaba largos rollos que escuchaba atento y aplaudía al finalizar.
            Otra experiencia maravillosa fue un día que acudimos al Jardín del Arte, en San Angel; se quedó mirando un cuadro, quiso tocarlo, pero le dije "No, Mateo, sólo se mira"; puso sus manos atrás y observó con placer la pintura; el pintor, asombrado por la actitud, le dijo que lo agarrara. Con gran delicadeza, apenas lo tocó con un dedo. El pintor, emocionado por el respeto que mostraba el niño, se lo regaló.
            Durante días se dormía con él, lo presumía. No era gratuito, desde muy pequeño le ha gustado observar los cuadros que hay en la casa. Lo paseaba por ellos, diciendo: "si te gusta, aplaude". Así, pasaba revista a las pinturas, una a una, deteniéndose regularmente en un cuadro de Portocarrero, el pintor cubano.
            Otro aspecto importante de su desarrollo, ha sido la música. Desde que estaba en el vientre, la escuchaba; su madre le cantaba nanas, canciones de cuna; una de ellas, llamada La señora luna, un poema musicalizado de Juana de Ibarbourou, era cantada diariamente por su mamá; cuando llegó a casa, luego de permanecer 25 días en incubadora, al oír la canción, notamos que la reconocía, a pesar de tener menos de un mes de haber nacido.
 
En su clase de danza
           Su madre, profesora de música, estaba acostumbrada a cantar, yo no; con Mateo he aprendido a hacerlo con placer y gusto; nunca había cantado tantas canciones como lo he hecho en los últimos siete años.
            Le hemos colocado un teclado de piano a su altura y sabe prenderlo; lo toca, a menudo suele cantar y bailar, mientras se mira en el espejo; conoce muy bien cada uno de los instrumentos musicales, y no dudamos que logre aprender a tocar alguno de ellos.
            Las terapias, por sí mismas, poco podrían hacer si Mateo no viviera un ambiente lleno de amor, así como del estimulo de crear una fuerte dosis de autoestima. Mateo se sabe querido, y se quiere mucho. En este sentido, su integración social ha sido muy importante al no marginarlo ni negarle toda posibilidad de aprendizaje. Por ello, su ingreso al Colegio Montessori fue vital, al convivir con niños normales. Sus amiguitos son sus iguales y no ha existido, por suerte, ningún tipo de discriminación.
            Hace seis meses decidimos que ingresara a una escuela con sus iguales, ingresó a  Integración Down, y el resultado fue óptimo: Mateo fue el mejor de la clase.
            Es importante recalcar que los niños que tienen ese Síndrome no son anormales, son sólo típicos niños, que cuentan con una potencialidad que se puede, y se debe, estimular lo más posible, alentándolos para que logren ser autosuficientes, independientes y puedan realizarse en la vida. Ese es nuestro gran reto: lograr que vuele, que ande por la vida con un buen desarrollo intelectual.
            Hoy no sabemos qué pasará en el futuro, sí sabemos que estamos sentando las bases para que pueda lograr el mayor desarrollo posible, y las claves para ello, son el amor, el cariño, la tolerancia, la estimulación y, sobre todo, la diaria lectura.
La foto más reciente de Mateo
            Ahora, por ejemplo, cada vez con mayor frecuencia se acerca con un libro o alguna hoja con palabras y pregunta ¿qué dice aquí? No cabe duda que sabe que las letras dicen cosas. De igual forma, los trazos que realiza con el lápiz tienen un mayor parecido con las letras, con las palabras.
            Para escribir esta historia, volví a Cervantes, le he vuelto a leer Don Quijote, y cuando escucha, su mirada parece volar a otros tiempos, no sólo de la historia de aquel caballero andante, también de su propia historia.
            Los ojos de Mateo se iluminan con las letras, ojalá también iluminen a muchos padres que menosprecian a sus hijos por ser discapacitados y también a la ignorante sociedad que no ha aprendido a amar, o cuando menos a comprender a estos niños maravillosos cuya anormalidad ha sido determinada por el racismo y la aversión social a todo lo que no es igual a los otros.
            Ahora debo detenerme, Mateo espera ansioso la lectura, por enésima vez, del libro Del otro lado, y lo imagino ahora, repitiendo varias veces “Quién sabe por qué se les ocurrió eso, pero todos dijeron lo mismo...”



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