lunes, 5 de enero de 2015

Ahumada y su punto de fuga

Artículo publicado en Laberinto, de Milenio, el sábado 11 de enero de 2014


AHUMADA Y SU PUNTO DE FUGA



























La historia de la pintura está fincada en movimientos aleatorios, en oleajes de movimiento perpetuo: vienen y van, en un zigzag que permite visualizar la vida tal cual, con su grandeza y con su miseria, con su cielo y con su infierno.
La vida es así, pero hace muchos siglos la Iglesia católica inventó un concepto maravilloso que, por cierto, hace poco tiempo, negó: el limbo. "Como los niños del limbo, sin pena y sin gloria", solía decirse para referirse a esa oscura forma de vida donde la nada era la característica.
   Manuel Ahumada, que en veinte días más cumpliría 58 años, inventó una historieta llamada así: La vida en el limbo, donde a través de un punto se extendía al universo, donde un punto era capaz de crear un cosmos, un firmamento, una vida más allá de la vida, más allá de la gloria, más allá del infierno.
    Caricaturista de profesión, pues de eso vivió los últimos treinta años, Ahumada fue un artista cuya formación estética lo llevó, con mucho, a rebasar la caricatura como tal, es decir, la transformación del hombre en mono y, en cambio, fue un historietista y, sobre todo, un pintor cuyas influencias, tanto del medievalismo del Bosco y el barroco de Rembrandt como de las vanguardias, lo hicieron diferente al resto de su gremio. 
    Lo onírico, el surrealismo, está presente en toda su obra. En cada uno de sus miles de dibujos, que comienzan con un punto que se fuga que se rebela a ser punto, Manuel Ahumada muestra su mundo, nuestro mundo, la divagación de lo que somos, y afirma una verdad de siglos: "Solo venimos a soñar, no es verdad que venimos a vivir en la tierra".
    Formado académicamente como ingeniero agrícola, pronto se dio cuenta que los sembradíos no eran asunto suyo o que amaba tanto la tierra que tenía que dejarla para no hacerle daño, y se dedicó al cielo, pero como para llegar al cielo se necesita una escalera grande y otra chiquita, simplemente se fue a las azoteas desde donde oteaba el mundo de abajo, el mundo chiquito que en sus sueños y en sus dibujos, crecía hasta convertirse en parte sustancial del universo. Esos colores tenebrosos, los trazos, las rayas y el impeler puntos para encontrar la oscuridad lo condujeron a un tenebrismo contemporáneo, a sustituir toda la gama de colores por esos claroscuros que permitían, con mucho, entender nuestro lustre.
    Personajes como Chimino, emergían semana a semana en elmásomenos, suplemento del unomásuno, o la infinidad de personajes como los astronautas, ángeles, fantasmas, sueños en sus historietas: La vida en el limbo, Desde el más acá, Historias de papel, etcétera. 
     Desde uno de los barrios tradicionales de la ciudad de México, la colonia Narvarte, Ahumada nos compartió sus sueños y lo absurdo mismo de la vida. 
      Al escribir sobre lo vanguardista de su obra tengo siempre presente lo absurdo, lo geométrico, lo onírico, lo antiguo revisado, reaprehendido con una mirada nueva. Ese punto de partida a través del negro solía estremecer a quien lo mira. 
     En agosto de 2000, Ahumada fue satanizado y su obra censurada (y destruida) por un par de cristeros, envalentonados por el reciente triunfo electoral de Vicente Fox. La Patrona fue el título del dibujo a lápiz de un indígena con un ayate donde aparecía Marylin Monroe. Como sucede con la censura, la obra se ha reproducido y multiplicado como ningún otro de sus trabajos.
     La obra de Ahumada continúa una tradición de caricaturista de vanguardia como Marius de Zayas, Miguel Covarrubias, Alfredo Zalce, Ernesto Guasp, Helioflores o Rogelio Naranjo, cuyas propuestas visuales trascienden la crítica política, pues en ellos se manifiesta una preocupación estética. 
     Su actividad en la prensa, durante casi treinta y cinco años, generó un largo recorrido que va desde Melodía, en sus orígenes, y su discreto paso por La Garrapata en su tercera época, hasta La Jornada, sin omitir el primer unomásuno
     Recorrió los últimos suplementos humorísticos que han existido en México: Másomenos, El tataranieto del Ahuizote, El Manojo y El papá del Ahuizote chocarrero. Ilustró portadas de discos, de revistas, de libros; obtuvo diversos premios, como el segundo lugar en el Salón de la Historieta de Montreal, en 1991; un año después conquistó el primer premio en el Concurso Internacional de Dibujo, también en Montreal. 
  

 Ahumada pintó su raya desde la tierra al cielo, la fue creando a través de pequeños puntos que, unidos, se convirtieron en una suerte de grandes lápidas para cubrir, y encubrir, un mundo difícil, un universo en crisis, una ciudad odiada y amada al mismo tiempo. Pintor, poeta de la imagen, creador de nuevas formas, formó parte de la última gran generación de caricaturistas mexicanos. Ahumada se ha ido con sus ángeles medievales, prepostmodernos. 
      Su vida no ha caído en el limbo, solo dio un salto a la eternidad pues su obra queda como un legado, como una muestra de lo nuestro, de nuestros sueños; cada vez que nos asomamos a sus trazos, por ventanas, rendijas y azoteas podemos mirar el cielo, el universo, el sinfín, la nada y el todo.

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