sábado, 27 de diciembre de 2014

La fatiga del Cartujo (y la mia también)

Creo que el saber implica un compromiso con la busca de la verdad, con la busca de un mundo mejor. Pero no un compromiso estridente ni neurótico, sino pausado y reflexivo, ajeno al dogmatismo y vinculado a la libertad, la igualdad y la fraternidad. Vaya, a los principios de lo mejor que debería de ser el mundo.

Resulta lamentable leer y escuchar tanta proclama de odio y, a su vez, de un embelesamiento hacía "el pueblo", "el pueblo bueno", como dice nuestra versión woodyanesca de su película Bananas. Cuestionar muchas cosas así me han hecho "perder amigos" (jajajaa) en fb. Por casi ni duermo. 

Quiero dejarles como reflexión de fin de año, un artículo de José Luis Martínez, editor de uno de los mejores suplementos culturales que podemos leer en este país.




La fatiga del cartujo

El Santo Oficio.



JOSÉ LUIS MARTÍNEZ/ DOMINICAL
Ciudad de México
Después de días de vigilia, el cartujo cae de rodillas, clava la mirada en el piso y con los ojos bañados en lágrimas recuerda y repite con voz trémula las palabras de un clásico: “Ya me cansé”.
No puede más con las malas noticias. Por eso se encierra a piedra y lodo en su humilde celda, para escapar aunque sea por un instante de una realidad espantosa.
A veces es bueno alejarse de lo malo y de lo feo, de lo patético, como lo hace con determinación Jesús Valencia Guzmán, delegado en Iztapalapa, quien cotidianamente —quizá con un poco de pena— abandona esa demarcación para dirigirse a su hogar en el exclusivo Pedregal de San Ángel, solo así puede reponerse y continuar su exitosa gestión en una de las zonas con mayores problemas e índices de pobreza en la Ciudad de México.
Iztapalapa no es un buen lugar para la residencia de alguien de la categoría del señor Valencia, postulado por el PRD, PT y MC, ejemplares partidos de izquierda. El monje la ha recorrido muchas veces e incluso ha predicado en el Cerro de la Estrella, desde ahí ha observado la vastedad de sus calles polvosas y casas grises —“la grisura de la pobreza” la llama un amigo—. No, definitivamente no es un sitio para la familia Valencia. Está bien para gobernarlo, para administrar su amplio presupuesto, para mangonear y negociar mejores posiciones políticas, pero no para vivir. Dios lo libre.
En su celda, oscura, húmeda, con paredes desconchadas, el monje reitera en silencio: “Ya me cansé”. No comprende muchas cosas y el esfuerzo lo tiene postrado. Imagina: si en vez de los integrantes del Club de Periodistas de Guerrero, las víctimas de los maestros de la CETEG, de la Asamblea Nacional Popular y del Movimiento Popular Guerrerense hubiesen sido adalides de la prensa progresista, el escándalo sería mundial. Las organizaciones no gubernamentales de derechos humanos estarían pegando gritos en el cielo para exigir justicia y castigo a los culpables, los moneros radicales —siempre tan críticos— estarían lanzando sus certeros dardos contra la ineficacia de las autoridades, los articulistas de los periódicos de izquierda serían implacables en la defensa de los comunicadores. Pero como los agredidos no son de su estatura ideológica, como no son famosos y sus agresores los acusan de “vendidos”, el hecho no ha cobrado su real dimensión. Por eso resulta encomiable la actitud de la CNDH de acompañarlos en sus denuncias ante la procuraduría guerrerense, aunque en muchas otras cosas siguen a merced los vándalos.
El monje está cansado de los farsantes de toda índole: en la prensa, en la política, en la economía, en las protestas donde la irracionalidad enmascarada muestra la terrible indefensión de los ciudadanos, víctimas de muchedumbres bestiales y un sistema podrido. Está cansando y ni quien lo aguante. Pobre hombre, solo la oración podrá consolarlo.
Queridos cinco lectores, enclaustrado y sin embargo con la esperanza de la Navidad, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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