martes, 27 de mayo de 2014

La vida es como el metro. De Cenicientos y reyes matutinos

De Cenicientos y reyes matutinos
Agustín Sánchez González

Las fábricas, como los hombres, cada vez se alejan más de la ciudad. Buscar chamba orilla al viaje a sitios jamás recorridos. Leonor cuenta estas historias sucedidas en ese peregrinar cada vez que viaja por el oriente.     
        Hace unos días llegó un poco antes de las seis de la mañana a la terminal del metro Taxqueña, lista para abordar el primer tren. 
      En las escaleras de la entrada miró con desconfianza el rostro de un tipo mal encarado, sucio, con ojos de maldad. Tuvo un poco de miedo, pero permaneció en su sitio.
         Cuando los acólitos del diablo (viles policías para quien no entienda el lenguaje de La Familia Burrón) abrieron las puertas de la entrada permitió  el paso al mal encarado. 
    Con andar lento fue acercándose a la entrada y se topó con el tipo acomodando a un hombre que permanecía acostado en el suelo. Pensó en las equivocaciones de la vida, en que nunca es bueno prejuzgar. Como caminaba lentamente, alcanzó a ver que el maloso no ayudaba al hombre, más bien lo despojaba de sus botines y se los calzaba con gusto al ver que le quedaban justos a sus pies.
       El ceniciento malo se agandallaba así los zapatos de un borrachín que, seguramente, más tarde se preguntaría dónde los había dejado.
        Nadie más lo notó, pues en Taxqueña todo mundo corre.
     Ella va despacio, inicia otro día que culminará luego de tres horas de transporte y ocho horas de trabajo en una fábrica textil que está por los rumbos de Ayotla.
        Al llegar a los andenes un tren la espera.
      Mucha gente la  aborda con prisa pero ella sube tranquila.
      Por las mañanas es común mirar el pelo mojado de la gente.
     Medio dormida observó el cabello hermoso, brillante, con gran cuerpo, de alguien que iba sentado delante de ella. Aunque dudó del sexo del pelambre, un arete le confirmó que era mujer. Tremenda sorpresa se llevó al mirar  que no era tal.
         Al cambiarse de asiento, en Portales, lo mira sentado en una banca individual, porta un especie de bastón que le hacía recordar a un rey de los cuentos de hadas.

             - Te juro que ya nada más le faltaba la media, me contó; traía una chamarra roja, un palo que parecía bastón y estaba sentado como si estuviera en un trono. No sabes cómo se parecía al papá del príncipe de la Cenicienta. Parecía que este había vuelto a nacer en México.

Del libro La vida es como el metro (inédito)

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