sábado, 24 de mayo de 2014

Dante se detuvo en Pantitlán

Ni modo, parece poco ortodoxo la mezcla pero así seguirá: crónicas de antaño, artículos contemporáneos, textos sobre Posada o sobre caricaturas. Mis millones de lectores sabrán entender esta locura propia de quien lo escribe. Esta crónica pertenece al libro La vida es como el metro, que ganó el segundo lugar del Premio Bernal Díaz del Castillo y que nunca se publicó en el libro prometido.

 Dante se detuvo en Pantitlán
Agustín Sánchez González

Como pollito de incubadora; como auto en el viaducto a una hora pico o como perro en el periférico. Tal es la sensación que se tiene en uno de esos raros encuentros chilangos en la estación Pantitlán del metro.
      Mateo debe ir al aeropuerto a recibir a unos amigos; tiene tiempo de sobra y viaja en el metro. Acostumbrado a las líneas uno, dos y tres, usándolas del Centro a Ciudad Universitaria o a Taxqueña; de Chapultepec a Pino Suárez, y nada más. Acostumbrado a viajar, generalmente, a horas en que la gente ya está en su trabajo o en su escuela, creía conocer el metro.
      En la estación Pantitlán la historia es otra, todo es tan distinto. Hay policías y vigilantes por todos los pisos de este inframundo donde, de haber nacido Dante en esta época, seguramente trasladaría acá su escenografía.
     Pantitlán recibe a millares de personas que llega del oriente a trabajar a la ciudad y, también, a los desempleados, que revisan las posibilidades de chamba que ofrece "El aviso oportuno" o a los vendedores ambulantes que andarán como toreros burlando a la autoridad.
     Todo el mundo, sin excepción alguna, se la pasa haciendo cola; Mateo se siente como personaje de novela de ciencia-ficción, marcado por una clave, avanzando por donde los vigilantes dicen, como autómata; hay filas para comprar boletos, las hay para caminar, para pasar de una parte a otra.
     Las rejas que colocan los vigilantes impiden el paso, y aunque las rejas no matan, si atarantan, desesperan a los que esperan transitar rumbo a los vagones por haber cometido el error de caer en el mismo lugar y con la misma gente, y es que las señales que hay, son tan confusas, tan irregulares y tan escondidas, que en esos momentos, todos los transeúntes caminan por inercia.
     Ahí están, enrejados, deteniéndose a cada rato, a cada momento. Nadie mira hacia atrás, para no correr el peligro de convertirse en estatua de sal, pues se encuentra en una zona lacustre; son notorios los rostros angustiados de las personas que transitan por ahí, que deben esperar a quienes van adelante, y los miran avanzar, mientras aguardan su turno.
       La separación incluye los sexos: mujeres y hombres transitan cada cual por un lado distinto.
     Por una especie de ventana, en el puente superior, pueden verse los famosos chimecos asesinos, los peseros azules para el estado de México, los verdes "ecológicos", del Distrito Federal y la contaminación galopante.

      Al pasar los torniquetes todo mundo se apresura y al llegar los vagones, corre más todavía. Sin saber qué hacer, Mateo sube (o lo suben), para descender dos estaciones adelante a esperar un taxi, pues de otra forma no podría llegar a tiempo al aeropuerto.

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